jueves, 12 de agosto de 2010

La hermandad en la era del biochat.

Sopla el pampero de la incertidumbre sobre todo aquel joven entusiasta que se plantea la posibilidad de abrir un blog. Neil Armstrong habló de pasos importantes para el hombre (aunque hay quien jura que los dio en un descampado en el desierto de Utah) y adentrarse en el mundo blogger es, sin duda, uno de ellos. Es comenzar a mostrar ciertas cuestiones de estado personal que bien sirven para determinar el nivel de coeficiente que uno tiene, mejor conocido como el pelotudismo involuntario. Enfrentar a los tiranos de leyes preestablecidas que intentan etiquetar a todo joven viandante que decide recorrer esta nueva ruta. Ser un blogger o un flogger, o parte de alguna de las nuevas miles de subculturas tecnológicas que no tuvieron que pasar por el arduo control de calidad londinense de la década del sesenta para llegar a contar con un reconocimiento considerable, es mucho más que colgar fotitos de un fin de semana en San Bernardo. Es largarse al sin sentido intelectual. Interesante, desafiante, aunque muchas veces el público sea el de revistas de jóvenes estupidizados por las series de la señora Morena pos Jugate Conmigo. Por eso, los miedos existen y uno se ve escapando de ese blog que lo persigue a gritos por una playa desértica mientras de fondo suena “Crash”, el éxito de Los Primitives. Y justamente, llega ese momento en el que se genera el crash y caés en manos de Cumbio and friends.

A diferencia del mambo psicológico que genera la previa, hacerlo es muy fácil. Un par de clicks y bienvenido al fucking world del todos somos re amigos y compartimos nuestras cosas. Al principio seguís con esa pesada carga de aires río platenses, pero con el tiempo vas tomándole el gustito. Y así, medio bailando y medio volando, empezás a motivarte y te convertís en un perfecto adicto, un enfermo con todas las de la ley. Sí señor o señora, que no está leyendo este humilde texto, la tecnología es adictiva, y el blog es parte de ese mundillo. Ciego, perdido, mareado en un océano de cables, wifis y softwares, el cerebro comienza atrofiarse debido al simple hecho de no poder dejar de observar una pantalla que cumple la función de lo que la ventana era para una joven doncella de la edad media, una representación tangible del mundo. Y así, con los ojos sin lágrimas pero mojados por las horas desperdiciadas frente al computador, formás parte del baile. Te sentís el John Travolta de una pista de códigos que en tu puta vida comprenderás. Y una vez dentro, bailás, como el mejor. Te movés, meneás, abrís la puerta de tu historias, tus relatos y todo lo demás también. Un simple espacio para comunicarse porque, señores, por la boca vive el pez. Y cuando no la abre, muere.

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