miércoles, 18 de agosto de 2010

Ya vuelvo (Diario de viaje).

Primera parte.

Señor pasajero, viandante que recorre el mundo en toda su magnitud, si usted desea vivir las emociones de un aterrizaje con movimientos varios y zigzagueos en el aire, no lo dude, viaje a la ciudad de Madrid. La verdad es que me lo pregunte unas mil veces, pero nunca obtuve una respuesta que satisfaga mi duda esquizofrénica. ¿Por qué el avión se mueve tanto al llegar a la capital española? ¿Será por la posición del aeropuerto? ¿Por los vientos? La cuestión es que el viajante llega siempre a Barajas entre meneos electrizantes y pozos de aire (nunca entendí muy bien qué carajo son). Y ahí estaba yo, aterrizando en la ciudad adoptiva una vez más. Una de tantas. Mis huevos se habían enamorado de mi garganta por el movimiento del avión y en ese estado de pánico efervescente comencé a recordar el último año de mi vida. Sin duda había sido el segundo más patético de mi vida (el primero fue 1995 cuando a los diez años me decidí por ser astronauta y me pasaba el día mirando el Discovery Channel). En un brote de rebeldía adolescente tardía dejé las cañas madrileñas por la multicultural Londres. Buscaba penetrar de lleno en algunas de las tantas subculturas que la ciudad oscura me ofrecía. Llevaba tiempo observando las diferentes cuestiones y efectos del mundo under, y me fascinaba el solo hecho de pensar que podía formar parte de ese mundillo alocado. De más está decir que tomar la decisión de partir en búsqueda de nuevas experiencias en las islas británicas, fue el detonador para romper todo tipo de relaciones sociales y/o económicas con mi familia. Mi padre, que ya no podía soportar mi sedentarismo habitacional en la capital española, menos pudo comprender que me marchara desechando todos sus planes de futuro. Venía preparándome para ellos desde que era un niño. Tenía el manual ilustrado para conseguir convertirme en un perfecto hombre de negocios. De esos que aparecen en la revista Forbes o The Economist. Ver a su hijo codeándose con la high society pro barrio Salamanca era un sueño que lo acompañaba en los eternos minutos que componían su miserable vida mundana. Pero a mi, estudiar medio siglo en la Complutense para luego compartir un rioja con Gallardón, no me interesaba en lo más mínimo. Así que fui a ganarme la vida como sea.

Mis primeros días en Inglaterra fueron bastante inquietantes. Era la segunda vez que emigraba. La primera me había llevado desde mi Argentina natal hacia la península Ibérica con sólo quince años. Por ende, no sabía muy bien si me consideraba argentino, español, canario o ciudadano del fantástico mundo del señor Chao. La lluvia londinense me despertó de este planteamiento estúpido y comencé a recorrer la metrópoli que me atrapaba con su magia. Fue en un Trafalgar Square saturado de turistas cuando decidí en convertirme en un auténtico punk. De Syd Vicious, London Calling, cucarachas y toda la pelota mística sin futuro. Decisión que deseché en el momento en el que, disfrazado ya como un auténtico anarquista, una pareja de turistas quiso sacarse una fotografía conmigo y mi extravagancia y al posar cual estatua de cera del Madame Tussauds, el hombre me metió un tremendo escupitajo que me recorrió el cuerpo desde la mejilla derecha hasta mis botas Dr. Marteens con cordones rojos. Luego esbozó una sonrisa de complicidad por la causa que no olvidaré en mi puta vida. Era demasiado. Ya había asistido a un par de clubes punks en los que los cantantes nos forraban en saliva y nosotros insultábamos a la reina. Mi próximo destino era el convertirme en un verdadero skinhead. La cresta azul que iluminaba mi cuero cabelludo dejó lugar a un desierto capilar preocupante. Mis cordones rojos de las docs se convirtieron en blancos, el saludo neo nazi me salía bastante bien y hasta entendía el significado del número 88. Sin dudas, creía que estaba listo para adentrarme en su pequeño territorio. Todo marchaba sobre ruedas en mi proyecto integración. Pero no me había detenido en un detalle bastante importante: que era latino. Ahí me di cuenta de que no me había informado muy bien acerca de los intereses ocultos de esta poco amigable peña. La cuestión es que no contaba con que para ellos mi raza era inferior a la suya. Ellos si contaron con ello y en la primera reunión a la que asistí, me dieron una monumental paliza que tampoco olvidaré en mi puta vida. Al poco tiempo ya estaba fuera del grupo. Mi partida coincidió con la de un ferviente neo nazi que decidió desertar la causa de raparse la cabeza al descubrir en una revista GQ (no sé qué haría leyéndola un hombre con tan poco sentido del rídiculo) la belleza superior de Bar Rafaeli, judía ella claro. Sus ideas se contradecían con la realidad que se le presentaba ante sus ojos. Y en su obsesión por la nueva manequín mundial comenzó a replantearse seriamente sus creencias. Tiempo después me enteré que terminó viviendo en el norte de Londres. Allí, conoció a Sharon Muriel, una judía de pura cepa con la que se casó bajo el consentimiento de un rabino con todas las de la ley. Su tatuaje de una esvástica que le ocupaba media espalda, lo tuvo que tapar con lo único que se encontraba a mano en una tienda de tatuajes de Brick Lane: un Michael Jackson en Smooth Criminal tamaño transatlántico. Mientras tanto yo, cuando los hostels dieron paso a la vida de okupa, y mi decisiones relacionadas a las subculturas eran como las de un imbécil en un programa de preguntas y respuestas, decidí unirme al grupo más materialista, estúpido y superficial de la ciudad: los mods. Ben Sherman, Merc y Fred Perry me ayudaron a vestirme como un perfecto amante de los trajes entallados de colores multifacéticos. The Who y Paul Weller hicieron el resto. Pero mi idea caducó al descubrir que, luego de varias visitas, Carnaby Street se había convertido en una disneylandia turística. Ya no quedaba nada del Rock and Roll vespiano que observaba en los documentales (nuevamente en el Discovery Channel). El Swinging London era extinción absoluta. Londres me abandonaba así. O yo, con el fracaso a flor de piel, la abandonaba a ella. Sin el under, sin subcultura, sin ideas, sin sexo y sin un lugar fijo a dónde ir.

Antes de partir tuve que pagar un suplemento inexplicable para abandonar el aeropuerto de Gatwick, una suerte de fianza carcelaria, o algo por el estilo. Recuerdo que fue un verdadero placer no tener que seguir sufriendo el MIND THE GAP retumbándome los tímpanos con ese acento tan british y "ooooh let's have a cup of tea". A diferencia de ello, el metro de Madrid siempre me pareció bastante agradable. Aunque con su diseño novedoso intenten esconder los kilómetros de dominios subterráneos que uno tiene que recorrer cada vez que se baja en una estación. Es extraño, pero en el Metro madrileño uno se encuentra con seres de todo tipo. Es una suerte de zoológico humano (señora no dude en llevar a sus niños). Por un lado los españoles gritan como enfermos, sus tonos de voz deambulan por los diversos vagones del tren. Y que no les llegue a sonar el celular, en especial a esos que ponen ringtones de canciones ochentosas como Elle Ella. Cuando eso ocurre extraño a la Argentina con locura. En mi país de origen, ningún valiente se atreverá nunca a coger el móvil en plena estación Florida, ya que tiene un enorme probabilidad de que se lo arrebaten y de prepo se lleven también la billetera y la cadenita del abuelo. Pero volvamos al metro de Madrid. Allí también nos encontramos nosotros, los sudamericanos. A diferencia de los pavarottis de las profundidades, a nosotros cada vez que nos suena el teléfono lo atendemos en voz baja, sin ánimos de molestar a nadie, evitando así que reconozcan nuestra tonada y más de uno nos observe con cara de vete a tu puto país. Aterrizaje huevos en su lugar, amiguitos que no te esperan en el aeropuerto de Barajas pero igual posás como si fueras conocido, un euro en maquina, Nuevos Ministerios, fin del recorrido.

Tras varios intentos fallidos por encontrar una mesa a la sombra (eso es fácil) sin un camarero que no sea pesado (ahí está el problema), lleve mi sedentarismo constante e inmutable al lugar de siempre: la Plaza Santa Ana. La verdad que siempre me había atraído esa plaza empapada de turistas. Especialmente cuando aparecían los muchachos que tocaban el bandoneón, nadie les prestaba ni una pizca de atención, pero a mi me parecían super simpáticos. Me bebí una caña con algunas tapitas y comencé a decidir qué era lo que iba a hacer con mi vida. Madrid se desgastaba ante mis ojos perdiendo su encanto e ingresando en un estado de monotonía suprema digna de estudio científico. Pensé en ir al teatro, idea que desestimé al recordar los nervios que me agarran al acudir a ese lugar. Estoy toda la santa función esperando el momento en el que los actores interactúan con su afamado público, y el sólo hecho de pensar que algún día puedo ser yo el pobre desgraciado que se tenga que subir al escenario para convertirse en el hazme reír de millones de ojos acusadores y burlones que se regocijan ante la representación del patetismo en su extremo más dictatorial, ya me ponía los pelos en celo. También estuve a punto de llamar a Amaya Margarita Murillo, una chica de Pamplona con la que me había liado alguna vez. Pero luego recordé que en nuestro último encuentro, en un desafortunado acto sexual, intentamos emular una corrida de toros (por supuesto que yo era el pobre animal) y me tomé tan en serio el papel que le metí un cabezazo en el medio de la nariz dejándola postrada en la cama por varios días a pura sopa con sorbete. Hablando de toros, también pensé en ir a la ventas y presenciar el espectáculo de 6 bravísimos toros 6, pero el correr de los banderilleros me recordaba a mi primo Mariano, un pésimo jugador de fútbol que nos había arruinado el interbarrial en Villa Crespo cuando yo era tan sólo un niño. Ver a Mariano (o a alguien parecido a él) corriendo en calzas era un espectáculo digno del vómito de bilis. Así que me levante y me perdí en una ciudad que ya comenzaba a empujarme hacía la puerta salida. Caminando por los adoquines secos llegué a un sitio en la calle Victoria en donde personas de diferentes países entonaban cantos que los disparaban hacia la melancolía exasperante de su patria. Ingresé, me pedí una caña y comencé a disfrutar del espectáculo. Un andalú, creo que de Graná, entonaba una bonita canción sureña. Ole, ole, ole. Todos lo acompañaban al unísono. Luego subió un irlandés que cantó bastante mal algo de su verde tierra. Ole, ole, ole, seguían con los gritos. Pensé que nada tenía que ver con la cultura del sajón, algo que me molesto demasiado, pero permanecí en silencio. Y allí subió ella. Una argentina de unos veinte años que comenzó a cantar Luna Tucumana. Siempre me gustó mucho esa zamba de Yupanqui, mi abuelo me la cantaba de pequeño en nuestras vacaciones en Mar del Plata. Las lágrimas desbordaban mis ojos con cada estrofa que esta dulce maravilla entonaba. Hasta que volvieron a empezar:

-Más cuando salga la luna.

Ole.

-Cantaré, cantaré.

¡¡¡¡Ole!!!!

-A mi Tucumán querido, cantaré, cantaré, cantaré.

¡¡¡¡Ole, ole!!!!

¿Por qué carajo tenían que arruinarla de esa manera? ¡¿No entendían que no era flamenco?! ¡No todo es taconeo y joder! Fue el fósforo que incendio el bosque. Eso me irritó hasta límites intransitables y decidí que debía abandonar esa ciudad. Mi vida en Madrid no tenía nada más para ofrecerme. Así, con la bronca de un oficinista porteño en hora pico, me escapé de ese sitio de mala vida. Próxima estación: Atocha.

Los años suelen dejar sus marcas. Posan sus huellas en nuestros rostros, en nuestras almas, invadiendo un sector que no les pertenece aunque sean amo y señor de la gran mayoría de los elementos establecidos en la tierra. Madrid, a pesar de la cantidad de de vivencias compartidas, me dejaba sin nada. Vacío, como un viejo recipiente de leche en un algún campo austral. Poco equipaje, ropa demasiado sucia y miles de sueños arrojados por la borda. Ilusiones, vivencias, espacios que se derretían en un gran volcán de olvido absoluto. Barcelona, Sevilla o Gijón eran los tres lugares que se me presentaban como una nueva oportunidad ante unos ojos cansados por tanta decepción.

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