Luego de deliberar el futuro de mi vida junto a un grupo de viejitos entre el bosque de Atocha, decidí que Barcelona era la mejor opción posible. La ciudad Condal se disfrazaba de fiesta para recibir a un pobre ser que deambulaba por los aires del vino. Así, ante mis ojos encandilados de patetismo, se me presentaba otra oportunidad. Senté mi culo cansado de tanta mierda sobre el asiento del AVE que me había quitado los pocos ahorros que me quedaban, y de esta forma me adentraba en una nueva aventura. Junto a mi asiento (bastante incómodo por cierto) dos chicos cantaban a los gritos una canción de Calamaro. Uno era argentino (de olé, olé, olé, olé Andrés, Andrés), el otro español (de oe, oe, oe, oe, Andrés, Andrés). El viaje duró unas tres horas (paso previo por Zaragoza) y mientras atravesábamos territorio aragonés, me comí un bocata de jamón en el bar del tren en el que dos jóvenes macarras se emborrachaban a las cuatro de la tarde. Llegué a Barcelona y descendí del vagón unos minutos antes que oe, oe, oe, oe y olé, olé, olé, olé. Sentí un poquito de vergüenza ajena pero a esta altura del partido no tenía por qué preocuparme por mis sentimientos cada vez más incomprendidos por todas las personas que compartían conmigo esta gran bola de agua y tierra.
Sans Estació, ladrones, baños con maricas a montones y mucho polaco suelto. A la salida me encontré con los simpáticos de la Ezquerra de la República de Catalunya que por duodécima vez en el mes pedían (siempre por medios pacíficos) la independencia de Cataluña del resto del país. Como no tenía un programa más interesante que ese, me encontré surcando las calles al grito de ¡Som una nació! Así hasta las ramblas, hasta Colón, hasta el Maremagnum, pero mi fervor político se apagó detrás de una rubia de metro ochenta que avanzaba casi levitando hacia el gótico. ¿Ojos azules o patria libre? ¿Buen par de pechos o Mes que una generalitat? Allí, detrás de esas autopistas de carne, se fue mi nacionalismo catalán y mi arraigo a un pueblo de butifarras y pa amb tombaca.
A las dos cuadras ya éramos grandes amigos. No me acuerdo muy bien qué imbecilidad le había dicho, pero había picado el anzuelo. Vivía en pleno barrio gótico, en la Carrer dels Escudells. La zona era muy bonita. Su departamento, al que me invitó a pasar con encanto, parecía la escenografía de una película barroca de Fellini, de hace más de cuarenta años. Lo primero que me encontré fue con un andaluz completamente perdido en el intransitable universo de la heroína (les aclaro de antemano que este muchacho no va a abrir la boca en todo el relato). Por esta razón lo llamaba el mudo, aunque en realidad se parecía más a un cadáver. La muchacha de los ojos azules y tetas de mármol era sueca. Sí señores, sueca con todas las letras. S-U-E-C-A. Había nacido, crecido y desvirgado su hermoso cuerpo en el barrio de Södermalm. Por ende, era una modernilla de cojones. Escuchaba Two Door Cinema Club día y noche. Y amaba con locura a los Cat People catalanes. Su nombre era Aosa (o algo por el estilo) Sunderland. Tenía el pelo casi blanco, y una sonrisa hipnotizadora. Entramos en un salón de estar (este de una película de la Gran Bretaña de Mike Leigh) y me encontré con el resto de sus compañeros de piso. Dos rusos, creo que de San Petersburgo (nunca me lo dijeron) y un simpático alemán de Leipzig. Siempre pensé que los alemanes son como ese hombre correcto del trabajo que en la fiesta de fin de año se emborracha hasta límites impensados, le toca el culo a la secretaria del jefe, insulta a todos sus compañeros de box, orina en los pantalones del presidente de la corporación, intenta violar a la coordinadora y termina sobre una mesa gritándole al mundo que su vida es una miseria y que desea con fervor que todos se conviertan en Teletubbies para que un grupo de inadaptados los agarren por la calle y los escupan y golpeen hasta que aprendan a hablar en latín. Al otro día se despierta e ingresa a la oficina completamente arrepentido de sus actos. Y desde ese momento siente una gran vergüenza. Hablo de los alemanes y su historia, claro está. La cuestión es que Fabien era bastante macanudo. Por lo menos fue el único que al verme se levantó de su pereza chabacana (estaba mirando el Diario de la Tarde) y me ofreció un cálido abrazo. De entrada me pareció amena su compañía. Me contó de su infancia en la Alemania comunista, de la caída del muro, de la conquista del mundial noventa, de su mudanza a Berlín, de Oranienburger Strasse y de sus caminatas eternas por Unter den Linden. Nunca entendí muy bien el por qué del nombre de esa avenida berlinesa. Unter den Linden: Bajo los tilos. Es como que a la 9 de Julio le cambien el nombre y le pongan Avenida Frente a los Chorros. La verdad que se quemaron el bocho los alemanes para elegir el nombre, eh. Vieron que la avenida estaba forrada en tilos y le pusieron Bajo los Tilos.
Mis primeros cinco meses en esa casa fueron fantásticos. Mi vida se limitaba a despegar mis problemas de la almohada al mediodía, ir a la Barceloneta, volver a la casa, platicar con mi amigo alemán, y a la noche follar con la desenfrenada mujer de tierras vikingas, que al margen me mantenía en todo sentido. Los rusos mientras tanto me observaban con detenimiento, con precaución. Sentía que cada uno de mis movimientos era analizado con lupa. El aire que emanaban connotaba la paranoia de vivir bajo micrófonos y cámaras de seguridad nacional. Por momento pensaba que eran los hijos de ex miembros de la KGB y que desde Catalunya intentaban reflotar el comunismo en su tierra. Planificar una estrategia perfecta que envíe a Putin a freir churros a la gélida Siberia. Sólo hablaban entre ellos y nunca, nunca, never los vi sonreír, lo juro. Ahí llegué a la conclusión de que en Rusia los únicos que sonríen son las simpáticas Mamushkas, el resto sólo analiza y piensa, piensa, y tal vez alguna día, actué.
Mi chica no estaba en casa en todo el día. Formaba parte de una asociación sin fines de lucro que luchaba por la vida de los animales. Básicamente lo que hacían era salir a las calles a insultar a todo aquel que lleve alguna prenda de piel de mamífero, leáse gorro, chandal, o cartera. En pleno verano era complicado encontrar alguno, pero los manifestantes de optimismo extremo desembarcaban sus ilusiones en las calles todos los santos días. Tuve que acostumbrarme a los perros, gatos y ratas (creo que estas más por suciedad que por elección) que merodeaban por mi cuerpo mientras intentaba conciliar el sueño. Las carnes cedieron el paso a los vegetales. Me sentía un hombre sano, limpio, puro, y por momentos dude en dejar las sucias aguas mediterráneas de la costa catalana por las pancartas, gritos, y puños cerrados de las calles. Pero todo cambió una tarde de octubre en el que el sol comenzaba su exilio hacía el sur. Volví a casa con una cámara de fotos que tenía desde mi adolescencia. Lo que me valió otro análisis exhaustivo de mis compañeros soviéticos. Fabien había salido, creo que tenía una cita en el Borne. El andaluz giró hacía la izquierda, y eso era demasiado para alguien que se había pasado días en la misma posición agonizando por una vida demacrada. Los rusos partieron vaya a saber uno a dónde. Era una noche estrellada que observábamos desde la ventana de nuestra can. Y decidimos quedarnos con Aosa a ver una película. Encontramos dos. Torrente II: Misión en Marbella y el Rey León. Como el gordo Segura ya me tenía los huevos al plato, decidimos navegar sobre los emocionantes mares de Simba y sus amiguitos. Además a Aosa le encantaban este tipo de películas, porque estaban repletas de animalitos de todo tipo. Supongo yo que habrá llorado unas cincuenta veces. Hasta que llegamos al momento de la verdad, el punto clave, cuando dejé de sentir todo tipo de amor hacía ella. Skar libraba una batalla cuerpo a cuerpo con el Simba adulto. Skar vencía, Simba se recuperaba. El cielo presentaba un color anaranjado que ofrecía un toque de dramatismo a la escena. Tío y sobrino luchaban con todas sus fuerzas. Hasta que Skar cayó por el precipicio y falleció. Simba era el vencedor, y junto con su victoria se apagó mi amor. La muñeca sueca se convirtió en un monstruo de río escocés en pleno invierno lluvioso. Festejó a rabiar la muerte de Skar. Normal, ¿no? Puede, pero no para una mujer que todos los días combatía por los derechos de los animales y que estaba planeando viajar a los mares australes para acabar con la matanza de las ballenas por los pesqueros japoneses o a África para evitar el comercio del marfil extraído de los pobres elefantes que caían como héroes en la savannah. Yo, estúpido e inocente había confiado en ella. En su ideal, en su meta. Y estaba a punto de ofrecerle mis servicios para continuar con su lucha. Tan sólo atiné a observarla con los ojos perdidos en un universo de decepción exaltante. Su hipocresía se engrandecía hacia límites pletóricos. Mi vida con ella estaba acabada. Fue así que en la madrugada del otro día, la observé rubia, dulce y angelical en su lecho de ironía y me marche sin decir adiós.
Nuevamente me encontré así, caliseteando y yirando por las calles de una ciudad ajena. Perdiéndome en sentimientos llegados desde un lugar inconcluso para mi. Me hundía en un inexorable tiempo que me invadía, me dominaba. Entre olas de un mar de nostalgias pasadas. De ilusiones quebradas, dormidas, sentenciadas a una realidad que no era la mía, o al menos no era la que yo había elegido. Tango que me hiciste mal, que me hiciste llorar, que en un ensueño de aurora matinal me golpeaste en un reto a duelo, dejándome sin habla. Esperanza maldita de un soñador de arrabal. De una triste calle de adoquines que despierta, luego de una lluvia torrencial, en una fría mañana de invierno. De la malgastada soledad del hombre solo. De ser, o algo por el estilo, un algo que forma parte del gran rompecabezas biocultural de un gentío que camina hacia diversos destinos encontrados. Alguien decía que la vida es una moneda. A la mía se le desgastaron ambos frentes, por años y años de autismo y retiro. Boicoteando así la realidad palpable. Y así, nuevamente caliseteando y yirando, me encontré en esa gran playa. Con la espina en el ojo ignorando un sol que nacía desde el horizonte en mares encandiladores. Para todos, menos para mi.
Los bares y sus luces estupidizan a todo ser humano que forma parte de esta gran obra inconclusa llamada vida. La cuestión es que una manada de “hombres” se encuentran allí para tomar alguna que otra copa y desarrollar un intelecto inferior al pretendido por los hombres de letras. Y, por supuesto, en este cóctel de imbecilidad y pelotudés progresiva me encontraba yo. Un bar cubano a pocas cuadras del Museu d’Art Contemporani era el epicentro perfecto para mi crecimiento dentro de un campo que dominaba desde pequeño. Mientras mi mente se perdía en un bosque de materialismo, conocí a una mujer del palo, hablando mal y pronto, que se acoplaba perfecto a mis pretenciones chabacanas y semi nulas. Su nombre era Ainoa Laia Ferrer, era de Tarragona. Para definirla con exactitud y rapidez era la típica señorita preocupada por los bultos. Los de los miembros masculinos o los de billeteras masculinas, o los de ambos dos. Yo plata no tenía y en el otro rubro formaba parte de la media por lo que no tenía mucha ilusiones con mi nueva conquista. Pero Ainoa Laia Ferrer había encontrado en mi algo que ningún otro hombre podía darle en ese momento, diversión. Tenía el manual ilustrado de las gilipolleces exactas que hacen reír a una mujer. Y cada vez que podía empezaba con mi show que de improvisación olmedesca tenía poco. Igualmente contaba con el máximo varieté posible. Nunca entendí muy bien qué era lo que hacía ella en ese bar de mala muerte, pero no estaba para filosofías de urbe así que mantuvimos nuestra conversación chata y vacía por varias horas. Al tiempo ya estábamos caminando hacia su casa para intentar olvidarme en bultolandia de las miserias y traiciones del mundo animal. No lo soporté, a las 4 cuadras ya estaba agotado de tantas palabrerío sin sentido y de tan poco aporte a la cultura general. Mientras deambulábamos por el puerto, pasamos por al lado de un barco carguero que partía hacia aventuras desconocidas. Decidí, siguiendo con mi actuación callejera, decirle una “verdad” (que no era tal) confesando que en realidad era un marinero que desgastaba los puertos que se me ofrecían en un menú interminable de posibilidades. Y así la dejé, dirigiéndome al carguero, escapando ella hacia bultos lejanos. Y yo, hacia un nuevo capítulo de una vida patética.
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