miércoles, 1 de diciembre de 2010

¿Te Ayudo?

Esta tarde viví una situación extrema (por lo que sentí y no por lo que realmente fue) que hizo renacer un brote de irritación cerebral en mi hermosa cabeza. Ocurrió algo puntual que me recordó lo que ciertas personas generan en mi persona. La cuestión es que viajaba feliz en un 152 con exceso de equipaje humano y en eso se sube una simpática señora. Fue en ese momento que un joven se levantó de su asiento para cedérselo. ¿Normal no? Sí, si no tenemos en cuenta que el muchacho tenía un yeso más grande que el Nahuelito debido a que seguro había puesto la pierna para detener un taxi y evitar así que atropelle una hermosa ardillita ante los ojos de una modelito que presenciaba la escena. Hace un tiempo escribí mi opinión sobre este tipo de personas debido a que una ex compañera en España prefirió a uno de estos especímenes en lugar del amor que le ofrecía mi corazón. Hoy, lo comparto con todos ustedes:

“Dentro de el sinfín de bienes que nos regaló la vida, la amabilidad es sin duda uno de los más utilizados. Es lindo sentirse amable, y también serlo. La gente, se dibuja una hermosa sonrisa de dentífrico de pacotilla y se ofrece a cambiar por unos instantes la malaria que reina en la galaxia con un simple gesto que en teoría suma. Sí, la amabilidad en concreto puede sumar, pero existe un ser extraño que se parece a ella y que hace erizarnos los pelos del orto. Estamos hablando de su prima no reconocida: la amabilidad al extremo. Este concepto es simple. Es la sobredosis del “Te puedo ayudar”, la contaminación riachuelesca del “¿Necesitás algo?” Y así como la revolución mata a sus propios hijos, la amabilidad extrema los cría y los lanza al mundo para que sean ellos los que asesinen con crueldad la paciencia de aquellos que se disponen a vivir la vida en armonía. Señores, señoras, amigos que leen este humilde relato, sépanlo, todos convivimos con ellos, están por todas partes, son los famosos, los inigualables: Amables de Mierda. Es un tema complicado. Entre la amabilidad y su prima oscura hay una pequeña y delgada línea y es fácil ingresar al Olimpo del patetismo. Y una vez que se cae allí, las consecuencias pueden ser trágicas.

Hace no mucho caminaba por la calle Villanueva y visualicé una situación entre un joven teen y una señora que se disponía a cruzar con su bastón que explica claramente el concepto. El chico compartía su mp3 de última tecnología con su noviecita uniformada. Al ver a la señora se arremangó la camisa y cuál soldado de Perón se le acercó para ofrecerle su ayuda con el único objetivo de sorprender a su acompañante. “¿Pero qué te creés, que este bastón lo tengo porque estoy yendo al geriátrico para arrancarle los dientes a mi marido porque se volteo a una vieja con olor a burro aplastando uvas? ¡Rajá de acá pendejo dale!” Dio la casualidad que la señora era una compatriota mía y un claro ejemplo de esas personas que se irritan con esta raza de víboras que invaden nuestras vidas.

Pero no es para alarmarse, preocuparse, ni salir por las calles al grito de: “¡Nos atacan! ¡Nos conquistan! ¡Estamos perdidos!”. Poco tiene que ver con la paranoia sembrada por el genial Orson Wells en su “Guerra de los mundos”. Con precaución uno puede vivir una vida saludable lejos de irritaciones constantes. La mejor medicina es la de estar prevenidos. Los Amables de Mierda forman parte de una suerte de sociedad secreta que cuenta con características que respetan a rajatabla. Vamos a repasarlas:

El punto número uno es que todos tienen un implante de sonrisa falsa que hipnotiza a cualquier pelotudo andante. Y con ella dominan al mundo. Parece que algún cirujano Amable de Mierda (que tal vez ni les cobra) les debe haber hecho el favor de pegárselas en la jeta. ¡Pero hay que tener mucho cuidado! La sonrisa es como los ojos de la Medusa. Con una sola mirada uno queda petrificado de encanto.

Dos, el pestañeo. Si una persona se dispone a ayudarte y pestañea dos veces, no tienes de que preocuparte, es un acto reflejo del ser humano. Ahora, si pestañea tres, cuatro, o hasta cinco veces escapa cual poseso ya que te encuentras ante un Amable de Mierda que seguro te va a atrapar con sus garras de águila asesina.

Tres. El Amable de Mierda siempre está al acecho en busca de su presa. Un ser humano normal, se solidariza con las personas cuando la situación lo amerita. En cambio, estos muchachos caminan por la calle Alcalá buscando la forma de ser los superhéroes de turno de miles de personas que los admirarán por sus logros mientras de fondo suena el éxito de Michael Jackson “Heal The World”.

Por último, los Amables de Mierda están más cerca de lo que creemos. Todos tenemos un familiar Amable de Mierda. Sí, ese primo que toda abuela siempre adoró. Ese al que todos le festejan los chistes. Ese imbécil motriz que todos ponderan llegó a la cima de la ovación familiar por culpa de que siempre se muestra predispuesto a ceder su tiempo y su vida con el fin de sentirse adorado. O acaso, ¿a quién no le da fiaca lavar los platos después de una reunión familiar? Él lo hace porque después, en Navidad, recibe el mejor regalo. ¡Hipócritas! Los Amables de Mierda, señores, son como son para recibir algo a cambio. No tienen ni el más mínimo interés en mejorar la vida mundana. Sólo esperan el canje. Y así les va. Son millonarios, felices, tienen a las mejores mujeres y como si eso fuera poco son adorados por los imbéciles sin cerebro que conviven con nosotros en este gran globo de agua.

Así que, desconfía de la azafata que te ofrece juguito extra. Desconfía del amigo que te cede su cama en un verano en Gessel para tirarse a dormir en una reposera afuera lidiando así con el poder del sol. Desconfía del que se ofrece a pagar una cena siendo su despedida de soltero. Desconfía del tachero que frena el contador si te bajás un minuto a comprar puchos. Desconfía del contrincante que jugando al tenis te da por buena una bola dudosa. Desconfía del amigo que elige ser Robin dejándote ser Batman en una fiesta de disfraces. Desconfía del hermano que se ofrece a pasear el perro en una noche de tormenta cuando te tocaba a ti. Desconfía del policía que se hace el boludo si te agarra intimando con una muchacha en Casa de Campo. Todos, absolutamente todos, buscan algo a cambio.

En fin queridos amigos, si alguno tiene alguna consulta más sobre los Amables de Mierda, no duden en contactarse conmigo, sea la hora que sea. Con gusto estaré dispuesto a erradicar todas sus dudas con una gran sonrisa en mi rostro. Es la idea. Guiño, guiño”

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