Suena las bocina de un viejo colectivo sin líquido de frenos y mi atención se centraliza en cuestiones epidérmicas como en un hombre enloquecido insultando a una vieja de ochenta años por el mero hecho de haber cruzado mal una calle que me visualiza. Vuelvo al ruedo y desde un viejo flete leo una curiosa frase que me hace meditar unos cuantos segundos:
- No sé si la vida me sonríe o se me caga de risa.
No voy a caer en un análisis exhaustivo de lo que pueda interpretar de aquel conjunto de palabras. No tiene sentido alguno. Y menos aún cuando yo sé muy bien que es lo que hace la vida conmigo. A buen entendedor, pocas palabras.
La cuestión, y a eso viene mi relato, es que camino intranquilo por Marcelo T. y sus casas de disfraces, santerías, facultades politizadas y de las otras y hospitales de primer cordón del conurbano. Hace unos minutos, horas tal vez, recibí una noticia que me dejó estupefacto. Una noticia que llevó a mi alma demacrada hacia un nueva oportunidad de ingresar a un club social y deportivo que como requisito primordial tenga el haber sido un pelotudo infeliz constante desde los años de lactancia. Mi tío Horacito, había muerto hace dos meses. Claro, mi padre con sus pretensiones por la borda no había tenido intención alguna de contactarse conmigo para comentarme lo sucedido. ¿Para qué? Yo era parte de un pasado de orgullos futuros que nunca habían llegado a buen puerto por ende no tenía por qué seguir estableciendo una relación que por lo seguro terminaría en guerra con sangre, sudor y unas cuantas lágrimas. La cuestión es que la noticia me dejo mal, muy mal. El mundo ingresó en una etapa de irrealidad preocupante. Los edificios se me abalanzaban como seres amenazantes y temerosos. Todo parecía un gran sueño, o mejor aún una pesadilla interminable.
Horacito fue los cien barrios porteños, fue el quijote de una ciudad sin molinos pero llena de gigantes de fantasía, fue el Isidoro Cañones versión nerca y hueso. Horacito fue el primero que me llevó al Italpark en mi infancia de rosas, fue el que me acompaño a Papono los sábados a la mañana, el que me enseñó que también uno corre el riesgo de que alguna vez lo bauticen gil. Fue la luna rodando por Callao y parte del corso de astronautas que te bailaban alrededor. Vení, volá, sentí. Había nacido en Nueva Pompeya hace unos noventa años. En la calle Pepirí esquina Grito de Asencio para ser más exactos. Era mi tío abuelo, pero para mi era un hermano. Recuerdo que mi abuelo (no el de sueños capreses de muzarella y albahaca) me contaba que nunca lo había visto acostarse antes de las cinco de la mañana. Hijo de inmigrantes gallegos había iniciado su sendero al paraíso banal de la fama en un almacén en el cual se le vendía un queso podrido a los turcos que añoraban su tierra de aquarela de colores y había aterrizado en una oficina aledaña a la de Perón en la mismísima Casa Rosada con tan sólo pequeñas y medianas escalas. Fue el dios del Tabarís correntino en sus buenas épocas sin bailes ni sueños. El que compartió novia con Juan Duarte, y no apareció con un tiro en la cabeza. Se casó a los cuarenta y cinco años y a los tres se divorció. Tuvo una casa de millones de dólares que lo abandonaron al apostar por un frigorífico en Pehuajó. Fue violado por el éxito que lo abandonó debajo de un viejo puente de barrio. Fue el malevaje extrañao que miraba sin comprender como se derrumbaba su vida siendo el Coloso en su Rodas del sur. Y así, terminó en un departamento compartido con cinco viejos que no le llegaban ni a los talones.
Horacito tenía más guerras que Alemania. Lo habían encontrado a los ochenta y cinco años cenando en un restaurante con dos putas de veinte en una odisea en el espacio que tantas veces había deambulado. Era su esencia, su naturaleza, su karma. Recuerdo en un viaje al Calafate cuando yo todavía no era un adolescente tardío, que estábamos tomando unas gaseosas con mis primos mayores en la terraza del hotel desde la cual se veía toda la ciudad. Había menos luz en toda el Calafate que en escondite de terrorista. En eso se abre la puerta y aparece Horacito, nuevamente deambulando con paso quebrantado por los años. Nos miró y nos preguntó con su voz contaminada por el faso y otras sustancias qué era lo que estábamos haciendo allí, que por qué no salíamos a disfrutar de la noche santacruceña. Mi primo, Pedro, un infeliz de primera línea le contestó que en ese lugar no había fiesta, que estaba todo cerrado. Horacito lo miró con serenidad asfixiante y le contestó:
- Ustedes son una manga de pelotudos. Algo siempre hay, algo siempre hay.
Y así se fue, levitando con su whisky doble en la mano.
Y hoy caí en su casa con odio hacia mi destino circular y la portera me dio la mala noticia y me entregó un libro forrado con papel araña verde en el que él se la pasaba escribiendo relatos que soñaba con publicar. Lo observé rápidamente y luego ella me contó que una semana antes de morir (¡de viejo!) había estado utilizando mucho el teléfono. Como buena vieja pedorra de barrio chusma dijo haberlo escuchado decir:
- Pero dale Elsita, ¿cuando nos vamos para Entre Ríos a concretar y nos dejamos de joder? Mirá que yo tengo Viagra para que coma media China eh.
Un grosso. Gracias Horacito. Gracias por haber sido la espontaneidad en persona. Gracias por la educación de un maleducado. Gracias por evaporar la mierda de los golpes mundanos. Gracias por los consejos que nunca pude llevar a cabo (siempre por culpa mía). Gracias, inconclusas, por no poder darte un gran abrazo de despedida.
Derramo unas cuantas lágrimas sobre el asfalto perfumado de lluvia porteño y en ese momento me encuentro con Alejandra Lucrecia Chaparro, la hermana de un viejo amigo de la secundaria. Siempre supe que formaba parte de una suerte de comunidad autóctona denominada las Togas. Su característica primordial es que les gusta horrores el franeleo incógnito. Hablemos claro, la chica tenía más merengue que confitería de barrio. Nos ponemos a hablar y se ríe de un par de las huevadas de manual ilustrado que suelo decir. Luego, me pone carita de estoyregaladahacemeloquequieras.com y me dice de ir a tomar un café, así sin compromiso alguno. No puedo. Los nervios arriban con sus naves desde un mar digno de cuadro de Géricault. Con artillería pesada conquistan mi cerebro y lo arruinan por completo dejándome indefenso ante el felino que me acosa. No va a poder ser, pongo la temible excusa de que tengo que ir a lo de mi tía Coca a darle vuelta un viejo cassette de Palito Ortega que no deja de escuchar.
- Ustedes son una manga de pelotudos.
Tenías razón Horacito. Tenías toda la razón del mundo.
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