jueves, 30 de septiembre de 2010

Ya vuelvo (Diario de viaje). Fin.

Un famoso cantautor describió alguna vez a la niebla de Barcelona. Para mi es más como una gran brisa que teletransporta los sueños bohemios de miles de personas por el milenario Mediterráneo. Mar de batallas incansables, de amores olvidados, de ilusiones palpables. Y esa extraña nube que se levantaba sobre la metrópoli, me despedía. Barcelona era, como bien dijo Borges refiriéndose de la ciudad que lo vio nacer, un gran mapa de mis fracasos. Otro más dentro una colección que ya parecía el globo terráqueo de algún conquistador. El Tibidabo, allí, luminoso, a lo lejos, se burlaba de mi suerte (o de la poca que me acompañaba). Y gracias a la simpatía de un capitán de barco carguero iba a cumplir un sueño lejano de la familia. El sueño de otro, escrito por mi. Señores, señoras, jóvenes que en una noche de insomnio están leyendo mi relato, la isla de Capri, la joya del golfo napolitano me abría una nueva esperanza. Veía como un grupo de veinte marineros cargaban grandes cajas de madera en donde, claramente, se leía la palabra Capri. Y así mi ilusión acrecentaba. Ni bien descubrí aquello me acordé de mi abuelo, que en el Buenos Aires preibérico de mi vida me contaba que una novia suya en, justamente, su vida preporteña en España lo había abandonado hacia la hipnotizadora belleza de esa isla. Él nunca juntado el valor necesario para reconquistar el tesoro extraviado. Su destino, lo llevo a la humedad rioplatense, lejos de su tierra, lejos de su sendero, lejos de su amor. En Argentina conoció a mi abuela, pero esa ya es otra historia. Allí, en ese gran puerto de Barcelona me encausaba al lugar que limitó las facultades del pobre viejo. Italiano no hablaba una palabra, pero con una sonrisa me ofrecí a acompañarlos en el viaje y el capitán en un italiano muy poco españolizado me concedió el deseo con la única condición de que no molestara en lo más mínimo a los tripulantes. Y así me embarqué, nunca mejor dicho, en la galaxia intransitable de un nuevo punto y aparte de mi existir.

En el mar no existen los ateos. Había leído aquella frase en un puerto de Galicia hace muchos años en unas vacaciones con mis padres. Después de tanto patetismo diario, en plenas aguas llegué a la conclusión de que era cierta, real. El calmo mediterráneo se había convertido en un verdadero infierno. Hace dos días que llovía y las olas se convertían en seres amenazantes que emergían desde las entrañas de la universo. Comencé a creer en los mitos de los griegos sobre mares similares al que navegaba. Para peor, no podía hablar con nadie por la promesa que le había hecho al capitán y me pasaba el día rezando obsesionado en que el viento y la lluvia de una vez por todas nos den un poquito de paz. Además, mis vida en alta mar era un sinfín de esperas. Tenía que esperar para ir al baño (me daba vergüenza ocupar el sitio de algún marinero), esperar para comer ya que tenía que servirme solo porque no podía pedir la comida, esperar para hacer un chiste porque no se lo podía hacer a nadie. Mi nueva vida tenía más esperas que el centro de extranjería de la Avenida de los Constituyentes en Madrid. En conclusión, me sentía como aquel que ingresa a la casa de Gran Hermano y de entrada se pelea con todos. Ese que en la primer eliminación es enviado de patitas a la calle. Una noche, mientras dormía hicimos una pequeña parada en un puerto. Sentí por momentos el deseo de bajar, de perderme en algún licor de bar con aroma a perfume de merluza. Pero me dio pudor el mero hecho de emborracharme con gente que me consideraba un ente, una ameba, la nada misma. Tomar, beber y tomar, llegando a límites insospechados en los que confieso (cual niño a un cura) todos mis pecados más temerosos. Hacerlo con aquellos a los que no debía dirigirme, era desde ya una idea bastante desechable. Aviste, ¿así se dice? (no manejo el vocabulario marítimo), las luces desde proa y así me quede observando pasar las agujas, las nubes, la vida. Horas más tarde, los encantadores marineros volvieron más encantadores que nunca con dos señoritas de alquiler. La primera era rusa, Alexia Marina Koworivsky. La segunda, venezolana: Margarita Sonsoles Guevara de la Cruz. Alexia Marina Koworivsky era lo que se dice un avión a chorro en potencia. Margarita Sonsoles Guevara de la Cruz no cumplía con los requisitos de latina espeluznante, descuartizadora y asesina. Era una bomba, latina sí, pero por sus caderas animadas por una vida de golosinas tardías. Yo tenía una orden clara y como buen marinero la pensaba cumplir: no podía hablar con ningún miembro de la tripulación. Pero ellas, a no ser que ahora los marineros luzcan prendas diminutas y utilicen joyas de fantasía, no entraban dentro del tratado. Así que iniciamos una amistad de lo más hermosa. Nuestros días transitaban entre tormentas, delfines por montones, soles de este y oeste, charlas de popa, charlas de proa, besos de habitación y todo lo demás también claro, horizontes inexistentes, líneas profundas, cielos y mares mellizos, piel de elefante, arrugas, olas, sal, historias, tormentas elevadas al cuadrado, rezos, plegarias, ateísmos enterrados, Dios, y todo lo demás también claro. Alexia Marina Koworivsky había nacido en las afueras de Kazan. Era hija de granjeros y su niñez había sido bastante feliz. Se pasaba el día cazando lobos y osos, con sus manos, y sus noches temblando bajo una frazada de piel de esos amigos osos y lobos a los que había superado en batallas sólo comparables con la que disputó Alí con Foreman en Kinshasa, Zaire. A los 18 años cansada de un padre que olía a vodka y hablaba ebrio (que es muy distinto al hebreo), partió con una maleta llena de ilusiones y pieles a San Petersburgo. Allí su suerte fue remota, por no decir nula. Trabajo en absolutamente de todo. Fue camarera, enfermera, ramera, portera, aristócrata disfrazada que se tomaba fotos con turistas frente al Palacio de Invierno, manejó el bus turístico, manejó los nervios de acero de sus compañeros de taquilla en la fortaleza de Pedro y Pablo, cantó, bailó, se desnudó y hasta compitió en peleas clandestinas contra sus amigos los osos. En este último trabajo le fue bastante bien. Pero Alexia Marina Koworivsky tenía sueños de estrellas y fue así que dejó la gélida Reina del Hielo, partiendo al puerto que nunca quise conocer para no deprimirme por no haber descendido del barco. Sonreía constantemente por lo que tuve que tachar de mi agenda la teoría de que en Rusia sólo sonríen las mamushckas, confirmada con creces por mis ex compañeros bolcheviques de Barcelona. Era bonita por donde se la miré, una mujer con un porte magnífico. Y me lo supo demostrar con el gran cariño que nos tuvimos. Ahhhhh, Alexia Marina Koworivsky, spasiba por esos recuerdos dorados transformados en agua de alta mar. La flor brota en tu magnificencia y reside en tus ojos perdidos en el sentido de un amor indeleble.

Por otro lado Margarita Sonsoles Guevara de la Cruz era lo que se dice el prototipo de la chica rebelde de aristocracia. La que, por ejemplo, cuando sus compañeritas del primario están por recibir la primera Comunión dice que es budista, con tan sólo ocho años. La que en la primera barbacoa con niños de otro colegio se le tira encima al jovencito más tímido del grupo. La que a los dieciocho se tatúa el nombre de un novio que luego la deja por lo que tiene que taparlo con una gran pantera que no le gusta y termina siendo el pelo del Comandante Guevara de la Serna. La que a los veinte años cansada de tanta mierda burguesa se marcha de su casa a vivir la “vida” dándole por culo a las pretensiones de juzgados de sus padres. Hablando de ellos, él era un importante empresario del sector metalúrgico dentro de una familia de petroleros (un rebelde a medias bah) y ella era una ama de casa que pasaba sus tardes contando lo que hacía en sus mañanas mega personal trainer. Margarita Sonsoles Guevara de la Cruz también apareció en el misterioso puerto, pero sin estrellas ni búsquedas de fama, sino con aires de hippie, marihuana, filosofías orientales, vegetarianismos, yoga y salud. Cuando descubrió que eso no le daba mucho de comer termino cayendo en el juego de la profesión más antigua de la tierra. Y no supe mucho más de ella porque sus relatos se vieron siempre interrumpidos por un marinerito al que le apetecía hacerlo a plena luz del día. Y luego, ocurrió la catástrofe.

Claro, ¡qué gilipollas! ¡Me cago en la leche! ¡Que flor de pelotudo! ¿Como no me di cuenta? Me pasaba el día hablando con las putas, con la rusa en especial porque la otra estaba meta que meta follando con el marinerito del orto ese. Pero habían pasado como mil días. ¿Y las tormentas? ¿Y los miles y millones de delfines? Era imposible, ¡definitivamente imposible! Y yo como un gil, como un forrito cualquiera mirando el horizonte con la nostalgia de un pelotudo graduado en Harvard en la catedra de Boludismos Superiores II. Me di cuenta, sí me di cuenta que las señoras tormentas no eran normales en la zona. Que tanto delfín tampoco cumplía con los parámetros de mi supuesto viaje. Y que el color del agua, el puto color del agua, hace rato que poco tenía de cristalino, del turquesa que entra por los ojos y engrandece el alma. Era color a mierda pura y yo, a pesar de los años en el exilio no forzoso, lo conocía como la palma de la mano de mi ex novia. Pero no iba a dejar que mis ilusiones, que el sueño del abuelo, se den por vencidas tan fácilmente. Así que me mantuve como todo conchudo motriz esperanzado hasta el final. En la escuela me pegarían por hijo de un centro comercial lleno de putas, y me lo merecía. Ahí estaba mirándolo, intentando que todo sea una gran pesadilla. Y apareció ese puerto a lo lejos que tiro por la borda el fantástico mundo de Capri, el Neverland de todo Bon Vivant. Ese edificio de mierda parecido al de Liverpool. Esos containeers llenos de chatarra que la aduana prefiere tenerlas decorando sus condominios. A su lado, esas jirafas de hierro que espantan a todo aquel que atine a acercárseles, eran inconfundibles. Esa ciudad tan mía, tan esquiva, tan profesa. Corrí como un poseso hacia las cajas, las que habían alimentado el hemisferio derecho de mi cerebro. Y sí, afirmativamente decían Capri. ¡Pero FERNET CAPRI! Con un sello de exportación más grande que la artrosis de mi abuela. ¡Y me cago en todos mis muertos! Empecé a insultar a los cuatro vientos. Los marineritos del orto sólo atinaban a observarme. Las putas lloraban mientras yo les preguntaba qué mierda les pasaba. El capitán intentó calmarme pero le metí tal zamarreo que por una vez en el puto viaje de veinte días me tomó en serio. Volvía a la Capital Federal, a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Sin querer, ni queriendo. Yo, que le había jurado rechazo eterno después que la putita esa mi novia del secundario le cuente al colegio entero que a los quince años seguía jugando a los Power Rangers justo antes de que mi viejo decidiera emigrar hacia la madre patria. Yo que la ignoraba por completo. Volvía sin un peso al malabarismo, al cuatro-tres-uno-dos, a las cacerolas que las señoras de Recoleta golpean y destruyen mientras las de los otros barrios sueñan con tenerlas llenas de puchero, al recibir pesos, patacones y lecops a cambios de hermosos dolares, a la casa y el ordén, al vermú con papas fritas y good show convertido al chau chau chau chauuuuuu, al cruzaron el disco turfero con voz de faso, al técnico ronco de la misma escuela, al te garcho con la pija muerta, al que no salta es un inglés, a el entiendo, a el sé, a el no pienso porque no lo necesito, al buceo con basura del delta, a la filosofía barata y zapatos de goma o topper de lona. Volvía al salto de tablón sin tablón, a la Glorieta de Quique, al tango en extinción salvo para los turistas adinerados, al conventillo cosmopolita, al teta-culo y el resto sobra. Volvía, a mi país. Tan mío como lejano.

Una vez que el capitán pudo descifrar mi vocabulario (que bien se parecía al arameo) intentó ayudarme. Me ofreció unos pesos para poder subsistir en la gran jungla. Me acordé del tío Horacito que en teoría seguía viviendo en Marcelo T. y Larrea y decidí arroparme en sus brazos.

Termino este humilde relato desde un taxi (sin radio). Seguro que el simpático chofer notó mi tonada semiextranjera adoptada en mis años de tapas y cañas porque es la cuarta vez que pasamos por la Plaza San Martín y no veo que tenga intención alguna de modificar su recorrido. Señor pasajero, viandante que recorre el mundo en toda su magnitud, si usted desea vivir las emociones de un paseo con movimiento varios y zigzagueos en el asfalto, con insultos nunca antes escuchados y un chofer experto en climatología y política exterior, no lo dude, viaje a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Espero que volvamos encontrarnos en algún otro viaje.

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