miércoles, 1 de diciembre de 2010

¿Te Ayudo?

Esta tarde viví una situación extrema (por lo que sentí y no por lo que realmente fue) que hizo renacer un brote de irritación cerebral en mi hermosa cabeza. Ocurrió algo puntual que me recordó lo que ciertas personas generan en mi persona. La cuestión es que viajaba feliz en un 152 con exceso de equipaje humano y en eso se sube una simpática señora. Fue en ese momento que un joven se levantó de su asiento para cedérselo. ¿Normal no? Sí, si no tenemos en cuenta que el muchacho tenía un yeso más grande que el Nahuelito debido a que seguro había puesto la pierna para detener un taxi y evitar así que atropelle una hermosa ardillita ante los ojos de una modelito que presenciaba la escena. Hace un tiempo escribí mi opinión sobre este tipo de personas debido a que una ex compañera en España prefirió a uno de estos especímenes en lugar del amor que le ofrecía mi corazón. Hoy, lo comparto con todos ustedes:

“Dentro de el sinfín de bienes que nos regaló la vida, la amabilidad es sin duda uno de los más utilizados. Es lindo sentirse amable, y también serlo. La gente, se dibuja una hermosa sonrisa de dentífrico de pacotilla y se ofrece a cambiar por unos instantes la malaria que reina en la galaxia con un simple gesto que en teoría suma. Sí, la amabilidad en concreto puede sumar, pero existe un ser extraño que se parece a ella y que hace erizarnos los pelos del orto. Estamos hablando de su prima no reconocida: la amabilidad al extremo. Este concepto es simple. Es la sobredosis del “Te puedo ayudar”, la contaminación riachuelesca del “¿Necesitás algo?” Y así como la revolución mata a sus propios hijos, la amabilidad extrema los cría y los lanza al mundo para que sean ellos los que asesinen con crueldad la paciencia de aquellos que se disponen a vivir la vida en armonía. Señores, señoras, amigos que leen este humilde relato, sépanlo, todos convivimos con ellos, están por todas partes, son los famosos, los inigualables: Amables de Mierda. Es un tema complicado. Entre la amabilidad y su prima oscura hay una pequeña y delgada línea y es fácil ingresar al Olimpo del patetismo. Y una vez que se cae allí, las consecuencias pueden ser trágicas.

Hace no mucho caminaba por la calle Villanueva y visualicé una situación entre un joven teen y una señora que se disponía a cruzar con su bastón que explica claramente el concepto. El chico compartía su mp3 de última tecnología con su noviecita uniformada. Al ver a la señora se arremangó la camisa y cuál soldado de Perón se le acercó para ofrecerle su ayuda con el único objetivo de sorprender a su acompañante. “¿Pero qué te creés, que este bastón lo tengo porque estoy yendo al geriátrico para arrancarle los dientes a mi marido porque se volteo a una vieja con olor a burro aplastando uvas? ¡Rajá de acá pendejo dale!” Dio la casualidad que la señora era una compatriota mía y un claro ejemplo de esas personas que se irritan con esta raza de víboras que invaden nuestras vidas.

Pero no es para alarmarse, preocuparse, ni salir por las calles al grito de: “¡Nos atacan! ¡Nos conquistan! ¡Estamos perdidos!”. Poco tiene que ver con la paranoia sembrada por el genial Orson Wells en su “Guerra de los mundos”. Con precaución uno puede vivir una vida saludable lejos de irritaciones constantes. La mejor medicina es la de estar prevenidos. Los Amables de Mierda forman parte de una suerte de sociedad secreta que cuenta con características que respetan a rajatabla. Vamos a repasarlas:

El punto número uno es que todos tienen un implante de sonrisa falsa que hipnotiza a cualquier pelotudo andante. Y con ella dominan al mundo. Parece que algún cirujano Amable de Mierda (que tal vez ni les cobra) les debe haber hecho el favor de pegárselas en la jeta. ¡Pero hay que tener mucho cuidado! La sonrisa es como los ojos de la Medusa. Con una sola mirada uno queda petrificado de encanto.

Dos, el pestañeo. Si una persona se dispone a ayudarte y pestañea dos veces, no tienes de que preocuparte, es un acto reflejo del ser humano. Ahora, si pestañea tres, cuatro, o hasta cinco veces escapa cual poseso ya que te encuentras ante un Amable de Mierda que seguro te va a atrapar con sus garras de águila asesina.

Tres. El Amable de Mierda siempre está al acecho en busca de su presa. Un ser humano normal, se solidariza con las personas cuando la situación lo amerita. En cambio, estos muchachos caminan por la calle Alcalá buscando la forma de ser los superhéroes de turno de miles de personas que los admirarán por sus logros mientras de fondo suena el éxito de Michael Jackson “Heal The World”.

Por último, los Amables de Mierda están más cerca de lo que creemos. Todos tenemos un familiar Amable de Mierda. Sí, ese primo que toda abuela siempre adoró. Ese al que todos le festejan los chistes. Ese imbécil motriz que todos ponderan llegó a la cima de la ovación familiar por culpa de que siempre se muestra predispuesto a ceder su tiempo y su vida con el fin de sentirse adorado. O acaso, ¿a quién no le da fiaca lavar los platos después de una reunión familiar? Él lo hace porque después, en Navidad, recibe el mejor regalo. ¡Hipócritas! Los Amables de Mierda, señores, son como son para recibir algo a cambio. No tienen ni el más mínimo interés en mejorar la vida mundana. Sólo esperan el canje. Y así les va. Son millonarios, felices, tienen a las mejores mujeres y como si eso fuera poco son adorados por los imbéciles sin cerebro que conviven con nosotros en este gran globo de agua.

Así que, desconfía de la azafata que te ofrece juguito extra. Desconfía del amigo que te cede su cama en un verano en Gessel para tirarse a dormir en una reposera afuera lidiando así con el poder del sol. Desconfía del que se ofrece a pagar una cena siendo su despedida de soltero. Desconfía del tachero que frena el contador si te bajás un minuto a comprar puchos. Desconfía del contrincante que jugando al tenis te da por buena una bola dudosa. Desconfía del amigo que elige ser Robin dejándote ser Batman en una fiesta de disfraces. Desconfía del hermano que se ofrece a pasear el perro en una noche de tormenta cuando te tocaba a ti. Desconfía del policía que se hace el boludo si te agarra intimando con una muchacha en Casa de Campo. Todos, absolutamente todos, buscan algo a cambio.

En fin queridos amigos, si alguno tiene alguna consulta más sobre los Amables de Mierda, no duden en contactarse conmigo, sea la hora que sea. Con gusto estaré dispuesto a erradicar todas sus dudas con una gran sonrisa en mi rostro. Es la idea. Guiño, guiño”

lunes, 1 de noviembre de 2010

Y se apagó Balderrama.

Suena las bocina de un viejo colectivo sin líquido de frenos y mi atención se centraliza en cuestiones epidérmicas como en un hombre enloquecido insultando a una vieja de ochenta años por el mero hecho de haber cruzado mal una calle que me visualiza. Vuelvo al ruedo y desde un viejo flete leo una curiosa frase que me hace meditar unos cuantos segundos:

- No sé si la vida me sonríe o se me caga de risa.

No voy a caer en un análisis exhaustivo de lo que pueda interpretar de aquel conjunto de palabras. No tiene sentido alguno. Y menos aún cuando yo sé muy bien que es lo que hace la vida conmigo. A buen entendedor, pocas palabras.

La cuestión, y a eso viene mi relato, es que camino intranquilo por Marcelo T. y sus casas de disfraces, santerías, facultades politizadas y de las otras y hospitales de primer cordón del conurbano. Hace unos minutos, horas tal vez, recibí una noticia que me dejó estupefacto. Una noticia que llevó a mi alma demacrada hacia un nueva oportunidad de ingresar a un club social y deportivo que como requisito primordial tenga el haber sido un pelotudo infeliz constante desde los años de lactancia. Mi tío Horacito, había muerto hace dos meses. Claro, mi padre con sus pretensiones por la borda no había tenido intención alguna de contactarse conmigo para comentarme lo sucedido. ¿Para qué? Yo era parte de un pasado de orgullos futuros que nunca habían llegado a buen puerto por ende no tenía por qué seguir estableciendo una relación que por lo seguro terminaría en guerra con sangre, sudor y unas cuantas lágrimas. La cuestión es que la noticia me dejo mal, muy mal. El mundo ingresó en una etapa de irrealidad preocupante. Los edificios se me abalanzaban como seres amenazantes y temerosos. Todo parecía un gran sueño, o mejor aún una pesadilla interminable.

Horacito fue los cien barrios porteños, fue el quijote de una ciudad sin molinos pero llena de gigantes de fantasía, fue el Isidoro Cañones versión nerca y hueso. Horacito fue el primero que me llevó al Italpark en mi infancia de rosas, fue el que me acompaño a Papono los sábados a la mañana, el que me enseñó que también uno corre el riesgo de que alguna vez lo bauticen gil. Fue la luna rodando por Callao y parte del corso de astronautas que te bailaban alrededor. Vení, volá, sentí. Había nacido en Nueva Pompeya hace unos noventa años. En la calle Pepirí esquina Grito de Asencio para ser más exactos. Era mi tío abuelo, pero para mi era un hermano. Recuerdo que mi abuelo (no el de sueños capreses de muzarella y albahaca) me contaba que nunca lo había visto acostarse antes de las cinco de la mañana. Hijo de inmigrantes gallegos había iniciado su sendero al paraíso banal de la fama en un almacén en el cual se le vendía un queso podrido a los turcos que añoraban su tierra de aquarela de colores y había aterrizado en una oficina aledaña a la de Perón en la mismísima Casa Rosada con tan sólo pequeñas y medianas escalas. Fue el dios del Tabarís correntino en sus buenas épocas sin bailes ni sueños. El que compartió novia con Juan Duarte, y no apareció con un tiro en la cabeza. Se casó a los cuarenta y cinco años y a los tres se divorció. Tuvo una casa de millones de dólares que lo abandonaron al apostar por un frigorífico en Pehuajó. Fue violado por el éxito que lo abandonó debajo de un viejo puente de barrio. Fue el malevaje extrañao que miraba sin comprender como se derrumbaba su vida siendo el Coloso en su Rodas del sur. Y así, terminó en un departamento compartido con cinco viejos que no le llegaban ni a los talones.

Horacito tenía más guerras que Alemania. Lo habían encontrado a los ochenta y cinco años cenando en un restaurante con dos putas de veinte en una odisea en el espacio que tantas veces había deambulado. Era su esencia, su naturaleza, su karma. Recuerdo en un viaje al Calafate cuando yo todavía no era un adolescente tardío, que estábamos tomando unas gaseosas con mis primos mayores en la terraza del hotel desde la cual se veía toda la ciudad. Había menos luz en toda el Calafate que en escondite de terrorista. En eso se abre la puerta y aparece Horacito, nuevamente deambulando con paso quebrantado por los años. Nos miró y nos preguntó con su voz contaminada por el faso y otras sustancias qué era lo que estábamos haciendo allí, que por qué no salíamos a disfrutar de la noche santacruceña. Mi primo, Pedro, un infeliz de primera línea le contestó que en ese lugar no había fiesta, que estaba todo cerrado. Horacito lo miró con serenidad asfixiante y le contestó:

- Ustedes son una manga de pelotudos. Algo siempre hay, algo siempre hay.

Y así se fue, levitando con su whisky doble en la mano.

Y hoy caí en su casa con odio hacia mi destino circular y la portera me dio la mala noticia y me entregó un libro forrado con papel araña verde en el que él se la pasaba escribiendo relatos que soñaba con publicar. Lo observé rápidamente y luego ella me contó que una semana antes de morir (¡de viejo!) había estado utilizando mucho el teléfono. Como buena vieja pedorra de barrio chusma dijo haberlo escuchado decir:

- Pero dale Elsita, ¿cuando nos vamos para Entre Ríos a concretar y nos dejamos de joder? Mirá que yo tengo Viagra para que coma media China eh.

Un grosso. Gracias Horacito. Gracias por haber sido la espontaneidad en persona. Gracias por la educación de un maleducado. Gracias por evaporar la mierda de los golpes mundanos. Gracias por los consejos que nunca pude llevar a cabo (siempre por culpa mía). Gracias, inconclusas, por no poder darte un gran abrazo de despedida.

Derramo unas cuantas lágrimas sobre el asfalto perfumado de lluvia porteño y en ese momento me encuentro con Alejandra Lucrecia Chaparro, la hermana de un viejo amigo de la secundaria. Siempre supe que formaba parte de una suerte de comunidad autóctona denominada las Togas. Su característica primordial es que les gusta horrores el franeleo incógnito. Hablemos claro, la chica tenía más merengue que confitería de barrio. Nos ponemos a hablar y se ríe de un par de las huevadas de manual ilustrado que suelo decir. Luego, me pone carita de estoyregaladahacemeloquequieras.com y me dice de ir a tomar un café, así sin compromiso alguno. No puedo. Los nervios arriban con sus naves desde un mar digno de cuadro de Géricault. Con artillería pesada conquistan mi cerebro y lo arruinan por completo dejándome indefenso ante el felino que me acosa. No va a poder ser, pongo la temible excusa de que tengo que ir a lo de mi tía Coca a darle vuelta un viejo cassette de Palito Ortega que no deja de escuchar.

- Ustedes son una manga de pelotudos.

Tenías razón Horacito. Tenías toda la razón del mundo.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Ya vuelvo (Diario de viaje). Fin.

Un famoso cantautor describió alguna vez a la niebla de Barcelona. Para mi es más como una gran brisa que teletransporta los sueños bohemios de miles de personas por el milenario Mediterráneo. Mar de batallas incansables, de amores olvidados, de ilusiones palpables. Y esa extraña nube que se levantaba sobre la metrópoli, me despedía. Barcelona era, como bien dijo Borges refiriéndose de la ciudad que lo vio nacer, un gran mapa de mis fracasos. Otro más dentro una colección que ya parecía el globo terráqueo de algún conquistador. El Tibidabo, allí, luminoso, a lo lejos, se burlaba de mi suerte (o de la poca que me acompañaba). Y gracias a la simpatía de un capitán de barco carguero iba a cumplir un sueño lejano de la familia. El sueño de otro, escrito por mi. Señores, señoras, jóvenes que en una noche de insomnio están leyendo mi relato, la isla de Capri, la joya del golfo napolitano me abría una nueva esperanza. Veía como un grupo de veinte marineros cargaban grandes cajas de madera en donde, claramente, se leía la palabra Capri. Y así mi ilusión acrecentaba. Ni bien descubrí aquello me acordé de mi abuelo, que en el Buenos Aires preibérico de mi vida me contaba que una novia suya en, justamente, su vida preporteña en España lo había abandonado hacia la hipnotizadora belleza de esa isla. Él nunca juntado el valor necesario para reconquistar el tesoro extraviado. Su destino, lo llevo a la humedad rioplatense, lejos de su tierra, lejos de su sendero, lejos de su amor. En Argentina conoció a mi abuela, pero esa ya es otra historia. Allí, en ese gran puerto de Barcelona me encausaba al lugar que limitó las facultades del pobre viejo. Italiano no hablaba una palabra, pero con una sonrisa me ofrecí a acompañarlos en el viaje y el capitán en un italiano muy poco españolizado me concedió el deseo con la única condición de que no molestara en lo más mínimo a los tripulantes. Y así me embarqué, nunca mejor dicho, en la galaxia intransitable de un nuevo punto y aparte de mi existir.

En el mar no existen los ateos. Había leído aquella frase en un puerto de Galicia hace muchos años en unas vacaciones con mis padres. Después de tanto patetismo diario, en plenas aguas llegué a la conclusión de que era cierta, real. El calmo mediterráneo se había convertido en un verdadero infierno. Hace dos días que llovía y las olas se convertían en seres amenazantes que emergían desde las entrañas de la universo. Comencé a creer en los mitos de los griegos sobre mares similares al que navegaba. Para peor, no podía hablar con nadie por la promesa que le había hecho al capitán y me pasaba el día rezando obsesionado en que el viento y la lluvia de una vez por todas nos den un poquito de paz. Además, mis vida en alta mar era un sinfín de esperas. Tenía que esperar para ir al baño (me daba vergüenza ocupar el sitio de algún marinero), esperar para comer ya que tenía que servirme solo porque no podía pedir la comida, esperar para hacer un chiste porque no se lo podía hacer a nadie. Mi nueva vida tenía más esperas que el centro de extranjería de la Avenida de los Constituyentes en Madrid. En conclusión, me sentía como aquel que ingresa a la casa de Gran Hermano y de entrada se pelea con todos. Ese que en la primer eliminación es enviado de patitas a la calle. Una noche, mientras dormía hicimos una pequeña parada en un puerto. Sentí por momentos el deseo de bajar, de perderme en algún licor de bar con aroma a perfume de merluza. Pero me dio pudor el mero hecho de emborracharme con gente que me consideraba un ente, una ameba, la nada misma. Tomar, beber y tomar, llegando a límites insospechados en los que confieso (cual niño a un cura) todos mis pecados más temerosos. Hacerlo con aquellos a los que no debía dirigirme, era desde ya una idea bastante desechable. Aviste, ¿así se dice? (no manejo el vocabulario marítimo), las luces desde proa y así me quede observando pasar las agujas, las nubes, la vida. Horas más tarde, los encantadores marineros volvieron más encantadores que nunca con dos señoritas de alquiler. La primera era rusa, Alexia Marina Koworivsky. La segunda, venezolana: Margarita Sonsoles Guevara de la Cruz. Alexia Marina Koworivsky era lo que se dice un avión a chorro en potencia. Margarita Sonsoles Guevara de la Cruz no cumplía con los requisitos de latina espeluznante, descuartizadora y asesina. Era una bomba, latina sí, pero por sus caderas animadas por una vida de golosinas tardías. Yo tenía una orden clara y como buen marinero la pensaba cumplir: no podía hablar con ningún miembro de la tripulación. Pero ellas, a no ser que ahora los marineros luzcan prendas diminutas y utilicen joyas de fantasía, no entraban dentro del tratado. Así que iniciamos una amistad de lo más hermosa. Nuestros días transitaban entre tormentas, delfines por montones, soles de este y oeste, charlas de popa, charlas de proa, besos de habitación y todo lo demás también claro, horizontes inexistentes, líneas profundas, cielos y mares mellizos, piel de elefante, arrugas, olas, sal, historias, tormentas elevadas al cuadrado, rezos, plegarias, ateísmos enterrados, Dios, y todo lo demás también claro. Alexia Marina Koworivsky había nacido en las afueras de Kazan. Era hija de granjeros y su niñez había sido bastante feliz. Se pasaba el día cazando lobos y osos, con sus manos, y sus noches temblando bajo una frazada de piel de esos amigos osos y lobos a los que había superado en batallas sólo comparables con la que disputó Alí con Foreman en Kinshasa, Zaire. A los 18 años cansada de un padre que olía a vodka y hablaba ebrio (que es muy distinto al hebreo), partió con una maleta llena de ilusiones y pieles a San Petersburgo. Allí su suerte fue remota, por no decir nula. Trabajo en absolutamente de todo. Fue camarera, enfermera, ramera, portera, aristócrata disfrazada que se tomaba fotos con turistas frente al Palacio de Invierno, manejó el bus turístico, manejó los nervios de acero de sus compañeros de taquilla en la fortaleza de Pedro y Pablo, cantó, bailó, se desnudó y hasta compitió en peleas clandestinas contra sus amigos los osos. En este último trabajo le fue bastante bien. Pero Alexia Marina Koworivsky tenía sueños de estrellas y fue así que dejó la gélida Reina del Hielo, partiendo al puerto que nunca quise conocer para no deprimirme por no haber descendido del barco. Sonreía constantemente por lo que tuve que tachar de mi agenda la teoría de que en Rusia sólo sonríen las mamushckas, confirmada con creces por mis ex compañeros bolcheviques de Barcelona. Era bonita por donde se la miré, una mujer con un porte magnífico. Y me lo supo demostrar con el gran cariño que nos tuvimos. Ahhhhh, Alexia Marina Koworivsky, spasiba por esos recuerdos dorados transformados en agua de alta mar. La flor brota en tu magnificencia y reside en tus ojos perdidos en el sentido de un amor indeleble.

Por otro lado Margarita Sonsoles Guevara de la Cruz era lo que se dice el prototipo de la chica rebelde de aristocracia. La que, por ejemplo, cuando sus compañeritas del primario están por recibir la primera Comunión dice que es budista, con tan sólo ocho años. La que en la primera barbacoa con niños de otro colegio se le tira encima al jovencito más tímido del grupo. La que a los dieciocho se tatúa el nombre de un novio que luego la deja por lo que tiene que taparlo con una gran pantera que no le gusta y termina siendo el pelo del Comandante Guevara de la Serna. La que a los veinte años cansada de tanta mierda burguesa se marcha de su casa a vivir la “vida” dándole por culo a las pretensiones de juzgados de sus padres. Hablando de ellos, él era un importante empresario del sector metalúrgico dentro de una familia de petroleros (un rebelde a medias bah) y ella era una ama de casa que pasaba sus tardes contando lo que hacía en sus mañanas mega personal trainer. Margarita Sonsoles Guevara de la Cruz también apareció en el misterioso puerto, pero sin estrellas ni búsquedas de fama, sino con aires de hippie, marihuana, filosofías orientales, vegetarianismos, yoga y salud. Cuando descubrió que eso no le daba mucho de comer termino cayendo en el juego de la profesión más antigua de la tierra. Y no supe mucho más de ella porque sus relatos se vieron siempre interrumpidos por un marinerito al que le apetecía hacerlo a plena luz del día. Y luego, ocurrió la catástrofe.

Claro, ¡qué gilipollas! ¡Me cago en la leche! ¡Que flor de pelotudo! ¿Como no me di cuenta? Me pasaba el día hablando con las putas, con la rusa en especial porque la otra estaba meta que meta follando con el marinerito del orto ese. Pero habían pasado como mil días. ¿Y las tormentas? ¿Y los miles y millones de delfines? Era imposible, ¡definitivamente imposible! Y yo como un gil, como un forrito cualquiera mirando el horizonte con la nostalgia de un pelotudo graduado en Harvard en la catedra de Boludismos Superiores II. Me di cuenta, sí me di cuenta que las señoras tormentas no eran normales en la zona. Que tanto delfín tampoco cumplía con los parámetros de mi supuesto viaje. Y que el color del agua, el puto color del agua, hace rato que poco tenía de cristalino, del turquesa que entra por los ojos y engrandece el alma. Era color a mierda pura y yo, a pesar de los años en el exilio no forzoso, lo conocía como la palma de la mano de mi ex novia. Pero no iba a dejar que mis ilusiones, que el sueño del abuelo, se den por vencidas tan fácilmente. Así que me mantuve como todo conchudo motriz esperanzado hasta el final. En la escuela me pegarían por hijo de un centro comercial lleno de putas, y me lo merecía. Ahí estaba mirándolo, intentando que todo sea una gran pesadilla. Y apareció ese puerto a lo lejos que tiro por la borda el fantástico mundo de Capri, el Neverland de todo Bon Vivant. Ese edificio de mierda parecido al de Liverpool. Esos containeers llenos de chatarra que la aduana prefiere tenerlas decorando sus condominios. A su lado, esas jirafas de hierro que espantan a todo aquel que atine a acercárseles, eran inconfundibles. Esa ciudad tan mía, tan esquiva, tan profesa. Corrí como un poseso hacia las cajas, las que habían alimentado el hemisferio derecho de mi cerebro. Y sí, afirmativamente decían Capri. ¡Pero FERNET CAPRI! Con un sello de exportación más grande que la artrosis de mi abuela. ¡Y me cago en todos mis muertos! Empecé a insultar a los cuatro vientos. Los marineritos del orto sólo atinaban a observarme. Las putas lloraban mientras yo les preguntaba qué mierda les pasaba. El capitán intentó calmarme pero le metí tal zamarreo que por una vez en el puto viaje de veinte días me tomó en serio. Volvía a la Capital Federal, a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Sin querer, ni queriendo. Yo, que le había jurado rechazo eterno después que la putita esa mi novia del secundario le cuente al colegio entero que a los quince años seguía jugando a los Power Rangers justo antes de que mi viejo decidiera emigrar hacia la madre patria. Yo que la ignoraba por completo. Volvía sin un peso al malabarismo, al cuatro-tres-uno-dos, a las cacerolas que las señoras de Recoleta golpean y destruyen mientras las de los otros barrios sueñan con tenerlas llenas de puchero, al recibir pesos, patacones y lecops a cambios de hermosos dolares, a la casa y el ordén, al vermú con papas fritas y good show convertido al chau chau chau chauuuuuu, al cruzaron el disco turfero con voz de faso, al técnico ronco de la misma escuela, al te garcho con la pija muerta, al que no salta es un inglés, a el entiendo, a el sé, a el no pienso porque no lo necesito, al buceo con basura del delta, a la filosofía barata y zapatos de goma o topper de lona. Volvía al salto de tablón sin tablón, a la Glorieta de Quique, al tango en extinción salvo para los turistas adinerados, al conventillo cosmopolita, al teta-culo y el resto sobra. Volvía, a mi país. Tan mío como lejano.

Una vez que el capitán pudo descifrar mi vocabulario (que bien se parecía al arameo) intentó ayudarme. Me ofreció unos pesos para poder subsistir en la gran jungla. Me acordé del tío Horacito que en teoría seguía viviendo en Marcelo T. y Larrea y decidí arroparme en sus brazos.

Termino este humilde relato desde un taxi (sin radio). Seguro que el simpático chofer notó mi tonada semiextranjera adoptada en mis años de tapas y cañas porque es la cuarta vez que pasamos por la Plaza San Martín y no veo que tenga intención alguna de modificar su recorrido. Señor pasajero, viandante que recorre el mundo en toda su magnitud, si usted desea vivir las emociones de un paseo con movimiento varios y zigzagueos en el asfalto, con insultos nunca antes escuchados y un chofer experto en climatología y política exterior, no lo dude, viaje a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Espero que volvamos encontrarnos en algún otro viaje.

lunes, 30 de agosto de 2010

Ya vuelvo (Diario de viaje). Segunda Parte.

Luego de deliberar el futuro de mi vida junto a un grupo de viejitos entre el bosque de Atocha, decidí que Barcelona era la mejor opción posible. La ciudad Condal se disfrazaba de fiesta para recibir a un pobre ser que deambulaba por los aires del vino. Así, ante mis ojos encandilados de patetismo, se me presentaba otra oportunidad. Senté mi culo cansado de tanta mierda sobre el asiento del AVE que me había quitado los pocos ahorros que me quedaban, y de esta forma me adentraba en una nueva aventura. Junto a mi asiento (bastante incómodo por cierto) dos chicos cantaban a los gritos una canción de Calamaro. Uno era argentino (de olé, olé, olé, olé Andrés, Andrés), el otro español (de oe, oe, oe, oe, Andrés, Andrés). El viaje duró unas tres horas (paso previo por Zaragoza) y mientras atravesábamos territorio aragonés, me comí un bocata de jamón en el bar del tren en el que dos jóvenes macarras se emborrachaban a las cuatro de la tarde. Llegué a Barcelona y descendí del vagón unos minutos antes que oe, oe, oe, oe y olé, olé, olé, olé. Sentí un poquito de vergüenza ajena pero a esta altura del partido no tenía por qué preocuparme por mis sentimientos cada vez más incomprendidos por todas las personas que compartían conmigo esta gran bola de agua y tierra.

Sans Estació, ladrones, baños con maricas a montones y mucho polaco suelto. A la salida me encontré con los simpáticos de la Ezquerra de la República de Catalunya que por duodécima vez en el mes pedían (siempre por medios pacíficos) la independencia de Cataluña del resto del país. Como no tenía un programa más interesante que ese, me encontré surcando las calles al grito de ¡Som una nació! Así hasta las ramblas, hasta Colón, hasta el Maremagnum, pero mi fervor político se apagó detrás de una rubia de metro ochenta que avanzaba casi levitando hacia el gótico. ¿Ojos azules o patria libre? ¿Buen par de pechos o Mes que una generalitat? Allí, detrás de esas autopistas de carne, se fue mi nacionalismo catalán y mi arraigo a un pueblo de butifarras y pa amb tombaca.

A las dos cuadras ya éramos grandes amigos. No me acuerdo muy bien qué imbecilidad le había dicho, pero había picado el anzuelo. Vivía en pleno barrio gótico, en la Carrer dels Escudells. La zona era muy bonita. Su departamento, al que me invitó a pasar con encanto, parecía la escenografía de una película barroca de Fellini, de hace más de cuarenta años. Lo primero que me encontré fue con un andaluz completamente perdido en el intransitable universo de la heroína (les aclaro de antemano que este muchacho no va a abrir la boca en todo el relato). Por esta razón lo llamaba el mudo, aunque en realidad se parecía más a un cadáver. La muchacha de los ojos azules y tetas de mármol era sueca. Sí señores, sueca con todas las letras. S-U-E-C-A. Había nacido, crecido y desvirgado su hermoso cuerpo en el barrio de Södermalm. Por ende, era una modernilla de cojones. Escuchaba Two Door Cinema Club día y noche. Y amaba con locura a los Cat People catalanes. Su nombre era Aosa (o algo por el estilo) Sunderland. Tenía el pelo casi blanco, y una sonrisa hipnotizadora. Entramos en un salón de estar (este de una película de la Gran Bretaña de Mike Leigh) y me encontré con el resto de sus compañeros de piso. Dos rusos, creo que de San Petersburgo (nunca me lo dijeron) y un simpático alemán de Leipzig. Siempre pensé que los alemanes son como ese hombre correcto del trabajo que en la fiesta de fin de año se emborracha hasta límites impensados, le toca el culo a la secretaria del jefe, insulta a todos sus compañeros de box, orina en los pantalones del presidente de la corporación, intenta violar a la coordinadora y termina sobre una mesa gritándole al mundo que su vida es una miseria y que desea con fervor que todos se conviertan en Teletubbies para que un grupo de inadaptados los agarren por la calle y los escupan y golpeen hasta que aprendan a hablar en latín. Al otro día se despierta e ingresa a la oficina completamente arrepentido de sus actos. Y desde ese momento siente una gran vergüenza. Hablo de los alemanes y su historia, claro está. La cuestión es que Fabien era bastante macanudo. Por lo menos fue el único que al verme se levantó de su pereza chabacana (estaba mirando el Diario de la Tarde) y me ofreció un cálido abrazo. De entrada me pareció amena su compañía. Me contó de su infancia en la Alemania comunista, de la caída del muro, de la conquista del mundial noventa, de su mudanza a Berlín, de Oranienburger Strasse y de sus caminatas eternas por Unter den Linden. Nunca entendí muy bien el por qué del nombre de esa avenida berlinesa. Unter den Linden: Bajo los tilos. Es como que a la 9 de Julio le cambien el nombre y le pongan Avenida Frente a los Chorros. La verdad que se quemaron el bocho los alemanes para elegir el nombre, eh. Vieron que la avenida estaba forrada en tilos y le pusieron Bajo los Tilos.

Mis primeros cinco meses en esa casa fueron fantásticos. Mi vida se limitaba a despegar mis problemas de la almohada al mediodía, ir a la Barceloneta, volver a la casa, platicar con mi amigo alemán, y a la noche follar con la desenfrenada mujer de tierras vikingas, que al margen me mantenía en todo sentido. Los rusos mientras tanto me observaban con detenimiento, con precaución. Sentía que cada uno de mis movimientos era analizado con lupa. El aire que emanaban connotaba la paranoia de vivir bajo micrófonos y cámaras de seguridad nacional. Por momento pensaba que eran los hijos de ex miembros de la KGB y que desde Catalunya intentaban reflotar el comunismo en su tierra. Planificar una estrategia perfecta que envíe a Putin a freir churros a la gélida Siberia. Sólo hablaban entre ellos y nunca, nunca, never los vi sonreír, lo juro. Ahí llegué a la conclusión de que en Rusia los únicos que sonríen son las simpáticas Mamushkas, el resto sólo analiza y piensa, piensa, y tal vez alguna día, actué.

Mi chica no estaba en casa en todo el día. Formaba parte de una asociación sin fines de lucro que luchaba por la vida de los animales. Básicamente lo que hacían era salir a las calles a insultar a todo aquel que lleve alguna prenda de piel de mamífero, leáse gorro, chandal, o cartera. En pleno verano era complicado encontrar alguno, pero los manifestantes de optimismo extremo desembarcaban sus ilusiones en las calles todos los santos días. Tuve que acostumbrarme a los perros, gatos y ratas (creo que estas más por suciedad que por elección) que merodeaban por mi cuerpo mientras intentaba conciliar el sueño. Las carnes cedieron el paso a los vegetales. Me sentía un hombre sano, limpio, puro, y por momentos dude en dejar las sucias aguas mediterráneas de la costa catalana por las pancartas, gritos, y puños cerrados de las calles. Pero todo cambió una tarde de octubre en el que el sol comenzaba su exilio hacía el sur. Volví a casa con una cámara de fotos que tenía desde mi adolescencia. Lo que me valió otro análisis exhaustivo de mis compañeros soviéticos. Fabien había salido, creo que tenía una cita en el Borne. El andaluz giró hacía la izquierda, y eso era demasiado para alguien que se había pasado días en la misma posición agonizando por una vida demacrada. Los rusos partieron vaya a saber uno a dónde. Era una noche estrellada que observábamos desde la ventana de nuestra can. Y decidimos quedarnos con Aosa a ver una película. Encontramos dos. Torrente II: Misión en Marbella y el Rey León. Como el gordo Segura ya me tenía los huevos al plato, decidimos navegar sobre los emocionantes mares de Simba y sus amiguitos. Además a Aosa le encantaban este tipo de películas, porque estaban repletas de animalitos de todo tipo. Supongo yo que habrá llorado unas cincuenta veces. Hasta que llegamos al momento de la verdad, el punto clave, cuando dejé de sentir todo tipo de amor hacía ella. Skar libraba una batalla cuerpo a cuerpo con el Simba adulto. Skar vencía, Simba se recuperaba. El cielo presentaba un color anaranjado que ofrecía un toque de dramatismo a la escena. Tío y sobrino luchaban con todas sus fuerzas. Hasta que Skar cayó por el precipicio y falleció. Simba era el vencedor, y junto con su victoria se apagó mi amor. La muñeca sueca se convirtió en un monstruo de río escocés en pleno invierno lluvioso. Festejó a rabiar la muerte de Skar. Normal, ¿no? Puede, pero no para una mujer que todos los días combatía por los derechos de los animales y que estaba planeando viajar a los mares australes para acabar con la matanza de las ballenas por los pesqueros japoneses o a África para evitar el comercio del marfil extraído de los pobres elefantes que caían como héroes en la savannah. Yo, estúpido e inocente había confiado en ella. En su ideal, en su meta. Y estaba a punto de ofrecerle mis servicios para continuar con su lucha. Tan sólo atiné a observarla con los ojos perdidos en un universo de decepción exaltante. Su hipocresía se engrandecía hacia límites pletóricos. Mi vida con ella estaba acabada. Fue así que en la madrugada del otro día, la observé rubia, dulce y angelical en su lecho de ironía y me marche sin decir adiós.

Nuevamente me encontré así, caliseteando y yirando por las calles de una ciudad ajena. Perdiéndome en sentimientos llegados desde un lugar inconcluso para mi. Me hundía en un inexorable tiempo que me invadía, me dominaba. Entre olas de un mar de nostalgias pasadas. De ilusiones quebradas, dormidas, sentenciadas a una realidad que no era la mía, o al menos no era la que yo había elegido. Tango que me hiciste mal, que me hiciste llorar, que en un ensueño de aurora matinal me golpeaste en un reto a duelo, dejándome sin habla. Esperanza maldita de un soñador de arrabal. De una triste calle de adoquines que despierta, luego de una lluvia torrencial, en una fría mañana de invierno. De la malgastada soledad del hombre solo. De ser, o algo por el estilo, un algo que forma parte del gran rompecabezas biocultural de un gentío que camina hacia diversos destinos encontrados. Alguien decía que la vida es una moneda. A la mía se le desgastaron ambos frentes, por años y años de autismo y retiro. Boicoteando así la realidad palpable. Y así, nuevamente caliseteando y yirando, me encontré en esa gran playa. Con la espina en el ojo ignorando un sol que nacía desde el horizonte en mares encandiladores. Para todos, menos para mi.

Los bares y sus luces estupidizan a todo ser humano que forma parte de esta gran obra inconclusa llamada vida. La cuestión es que una manada de “hombres” se encuentran allí para tomar alguna que otra copa y desarrollar un intelecto inferior al pretendido por los hombres de letras. Y, por supuesto, en este cóctel de imbecilidad y pelotudés progresiva me encontraba yo. Un bar cubano a pocas cuadras del Museu d’Art Contemporani era el epicentro perfecto para mi crecimiento dentro de un campo que dominaba desde pequeño. Mientras mi mente se perdía en un bosque de materialismo, conocí a una mujer del palo, hablando mal y pronto, que se acoplaba perfecto a mis pretenciones chabacanas y semi nulas. Su nombre era Ainoa Laia Ferrer, era de Tarragona. Para definirla con exactitud y rapidez era la típica señorita preocupada por los bultos. Los de los miembros masculinos o los de billeteras masculinas, o los de ambos dos. Yo plata no tenía y en el otro rubro formaba parte de la media por lo que no tenía mucha ilusiones con mi nueva conquista. Pero Ainoa Laia Ferrer había encontrado en mi algo que ningún otro hombre podía darle en ese momento, diversión. Tenía el manual ilustrado de las gilipolleces exactas que hacen reír a una mujer. Y cada vez que podía empezaba con mi show que de improvisación olmedesca tenía poco. Igualmente contaba con el máximo varieté posible. Nunca entendí muy bien qué era lo que hacía ella en ese bar de mala muerte, pero no estaba para filosofías de urbe así que mantuvimos nuestra conversación chata y vacía por varias horas. Al tiempo ya estábamos caminando hacia su casa para intentar olvidarme en bultolandia de las miserias y traiciones del mundo animal. No lo soporté, a las 4 cuadras ya estaba agotado de tantas palabrerío sin sentido y de tan poco aporte a la cultura general. Mientras deambulábamos por el puerto, pasamos por al lado de un barco carguero que partía hacia aventuras desconocidas. Decidí, siguiendo con mi actuación callejera, decirle una “verdad” (que no era tal) confesando que en realidad era un marinero que desgastaba los puertos que se me ofrecían en un menú interminable de posibilidades. Y así la dejé, dirigiéndome al carguero, escapando ella hacia bultos lejanos. Y yo, hacia un nuevo capítulo de una vida patética.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Ya vuelvo (Diario de viaje).

Primera parte.

Señor pasajero, viandante que recorre el mundo en toda su magnitud, si usted desea vivir las emociones de un aterrizaje con movimientos varios y zigzagueos en el aire, no lo dude, viaje a la ciudad de Madrid. La verdad es que me lo pregunte unas mil veces, pero nunca obtuve una respuesta que satisfaga mi duda esquizofrénica. ¿Por qué el avión se mueve tanto al llegar a la capital española? ¿Será por la posición del aeropuerto? ¿Por los vientos? La cuestión es que el viajante llega siempre a Barajas entre meneos electrizantes y pozos de aire (nunca entendí muy bien qué carajo son). Y ahí estaba yo, aterrizando en la ciudad adoptiva una vez más. Una de tantas. Mis huevos se habían enamorado de mi garganta por el movimiento del avión y en ese estado de pánico efervescente comencé a recordar el último año de mi vida. Sin duda había sido el segundo más patético de mi vida (el primero fue 1995 cuando a los diez años me decidí por ser astronauta y me pasaba el día mirando el Discovery Channel). En un brote de rebeldía adolescente tardía dejé las cañas madrileñas por la multicultural Londres. Buscaba penetrar de lleno en algunas de las tantas subculturas que la ciudad oscura me ofrecía. Llevaba tiempo observando las diferentes cuestiones y efectos del mundo under, y me fascinaba el solo hecho de pensar que podía formar parte de ese mundillo alocado. De más está decir que tomar la decisión de partir en búsqueda de nuevas experiencias en las islas británicas, fue el detonador para romper todo tipo de relaciones sociales y/o económicas con mi familia. Mi padre, que ya no podía soportar mi sedentarismo habitacional en la capital española, menos pudo comprender que me marchara desechando todos sus planes de futuro. Venía preparándome para ellos desde que era un niño. Tenía el manual ilustrado para conseguir convertirme en un perfecto hombre de negocios. De esos que aparecen en la revista Forbes o The Economist. Ver a su hijo codeándose con la high society pro barrio Salamanca era un sueño que lo acompañaba en los eternos minutos que componían su miserable vida mundana. Pero a mi, estudiar medio siglo en la Complutense para luego compartir un rioja con Gallardón, no me interesaba en lo más mínimo. Así que fui a ganarme la vida como sea.

Mis primeros días en Inglaterra fueron bastante inquietantes. Era la segunda vez que emigraba. La primera me había llevado desde mi Argentina natal hacia la península Ibérica con sólo quince años. Por ende, no sabía muy bien si me consideraba argentino, español, canario o ciudadano del fantástico mundo del señor Chao. La lluvia londinense me despertó de este planteamiento estúpido y comencé a recorrer la metrópoli que me atrapaba con su magia. Fue en un Trafalgar Square saturado de turistas cuando decidí en convertirme en un auténtico punk. De Syd Vicious, London Calling, cucarachas y toda la pelota mística sin futuro. Decisión que deseché en el momento en el que, disfrazado ya como un auténtico anarquista, una pareja de turistas quiso sacarse una fotografía conmigo y mi extravagancia y al posar cual estatua de cera del Madame Tussauds, el hombre me metió un tremendo escupitajo que me recorrió el cuerpo desde la mejilla derecha hasta mis botas Dr. Marteens con cordones rojos. Luego esbozó una sonrisa de complicidad por la causa que no olvidaré en mi puta vida. Era demasiado. Ya había asistido a un par de clubes punks en los que los cantantes nos forraban en saliva y nosotros insultábamos a la reina. Mi próximo destino era el convertirme en un verdadero skinhead. La cresta azul que iluminaba mi cuero cabelludo dejó lugar a un desierto capilar preocupante. Mis cordones rojos de las docs se convirtieron en blancos, el saludo neo nazi me salía bastante bien y hasta entendía el significado del número 88. Sin dudas, creía que estaba listo para adentrarme en su pequeño territorio. Todo marchaba sobre ruedas en mi proyecto integración. Pero no me había detenido en un detalle bastante importante: que era latino. Ahí me di cuenta de que no me había informado muy bien acerca de los intereses ocultos de esta poco amigable peña. La cuestión es que no contaba con que para ellos mi raza era inferior a la suya. Ellos si contaron con ello y en la primera reunión a la que asistí, me dieron una monumental paliza que tampoco olvidaré en mi puta vida. Al poco tiempo ya estaba fuera del grupo. Mi partida coincidió con la de un ferviente neo nazi que decidió desertar la causa de raparse la cabeza al descubrir en una revista GQ (no sé qué haría leyéndola un hombre con tan poco sentido del rídiculo) la belleza superior de Bar Rafaeli, judía ella claro. Sus ideas se contradecían con la realidad que se le presentaba ante sus ojos. Y en su obsesión por la nueva manequín mundial comenzó a replantearse seriamente sus creencias. Tiempo después me enteré que terminó viviendo en el norte de Londres. Allí, conoció a Sharon Muriel, una judía de pura cepa con la que se casó bajo el consentimiento de un rabino con todas las de la ley. Su tatuaje de una esvástica que le ocupaba media espalda, lo tuvo que tapar con lo único que se encontraba a mano en una tienda de tatuajes de Brick Lane: un Michael Jackson en Smooth Criminal tamaño transatlántico. Mientras tanto yo, cuando los hostels dieron paso a la vida de okupa, y mi decisiones relacionadas a las subculturas eran como las de un imbécil en un programa de preguntas y respuestas, decidí unirme al grupo más materialista, estúpido y superficial de la ciudad: los mods. Ben Sherman, Merc y Fred Perry me ayudaron a vestirme como un perfecto amante de los trajes entallados de colores multifacéticos. The Who y Paul Weller hicieron el resto. Pero mi idea caducó al descubrir que, luego de varias visitas, Carnaby Street se había convertido en una disneylandia turística. Ya no quedaba nada del Rock and Roll vespiano que observaba en los documentales (nuevamente en el Discovery Channel). El Swinging London era extinción absoluta. Londres me abandonaba así. O yo, con el fracaso a flor de piel, la abandonaba a ella. Sin el under, sin subcultura, sin ideas, sin sexo y sin un lugar fijo a dónde ir.

Antes de partir tuve que pagar un suplemento inexplicable para abandonar el aeropuerto de Gatwick, una suerte de fianza carcelaria, o algo por el estilo. Recuerdo que fue un verdadero placer no tener que seguir sufriendo el MIND THE GAP retumbándome los tímpanos con ese acento tan british y "ooooh let's have a cup of tea". A diferencia de ello, el metro de Madrid siempre me pareció bastante agradable. Aunque con su diseño novedoso intenten esconder los kilómetros de dominios subterráneos que uno tiene que recorrer cada vez que se baja en una estación. Es extraño, pero en el Metro madrileño uno se encuentra con seres de todo tipo. Es una suerte de zoológico humano (señora no dude en llevar a sus niños). Por un lado los españoles gritan como enfermos, sus tonos de voz deambulan por los diversos vagones del tren. Y que no les llegue a sonar el celular, en especial a esos que ponen ringtones de canciones ochentosas como Elle Ella. Cuando eso ocurre extraño a la Argentina con locura. En mi país de origen, ningún valiente se atreverá nunca a coger el móvil en plena estación Florida, ya que tiene un enorme probabilidad de que se lo arrebaten y de prepo se lleven también la billetera y la cadenita del abuelo. Pero volvamos al metro de Madrid. Allí también nos encontramos nosotros, los sudamericanos. A diferencia de los pavarottis de las profundidades, a nosotros cada vez que nos suena el teléfono lo atendemos en voz baja, sin ánimos de molestar a nadie, evitando así que reconozcan nuestra tonada y más de uno nos observe con cara de vete a tu puto país. Aterrizaje huevos en su lugar, amiguitos que no te esperan en el aeropuerto de Barajas pero igual posás como si fueras conocido, un euro en maquina, Nuevos Ministerios, fin del recorrido.

Tras varios intentos fallidos por encontrar una mesa a la sombra (eso es fácil) sin un camarero que no sea pesado (ahí está el problema), lleve mi sedentarismo constante e inmutable al lugar de siempre: la Plaza Santa Ana. La verdad que siempre me había atraído esa plaza empapada de turistas. Especialmente cuando aparecían los muchachos que tocaban el bandoneón, nadie les prestaba ni una pizca de atención, pero a mi me parecían super simpáticos. Me bebí una caña con algunas tapitas y comencé a decidir qué era lo que iba a hacer con mi vida. Madrid se desgastaba ante mis ojos perdiendo su encanto e ingresando en un estado de monotonía suprema digna de estudio científico. Pensé en ir al teatro, idea que desestimé al recordar los nervios que me agarran al acudir a ese lugar. Estoy toda la santa función esperando el momento en el que los actores interactúan con su afamado público, y el sólo hecho de pensar que algún día puedo ser yo el pobre desgraciado que se tenga que subir al escenario para convertirse en el hazme reír de millones de ojos acusadores y burlones que se regocijan ante la representación del patetismo en su extremo más dictatorial, ya me ponía los pelos en celo. También estuve a punto de llamar a Amaya Margarita Murillo, una chica de Pamplona con la que me había liado alguna vez. Pero luego recordé que en nuestro último encuentro, en un desafortunado acto sexual, intentamos emular una corrida de toros (por supuesto que yo era el pobre animal) y me tomé tan en serio el papel que le metí un cabezazo en el medio de la nariz dejándola postrada en la cama por varios días a pura sopa con sorbete. Hablando de toros, también pensé en ir a la ventas y presenciar el espectáculo de 6 bravísimos toros 6, pero el correr de los banderilleros me recordaba a mi primo Mariano, un pésimo jugador de fútbol que nos había arruinado el interbarrial en Villa Crespo cuando yo era tan sólo un niño. Ver a Mariano (o a alguien parecido a él) corriendo en calzas era un espectáculo digno del vómito de bilis. Así que me levante y me perdí en una ciudad que ya comenzaba a empujarme hacía la puerta salida. Caminando por los adoquines secos llegué a un sitio en la calle Victoria en donde personas de diferentes países entonaban cantos que los disparaban hacia la melancolía exasperante de su patria. Ingresé, me pedí una caña y comencé a disfrutar del espectáculo. Un andalú, creo que de Graná, entonaba una bonita canción sureña. Ole, ole, ole. Todos lo acompañaban al unísono. Luego subió un irlandés que cantó bastante mal algo de su verde tierra. Ole, ole, ole, seguían con los gritos. Pensé que nada tenía que ver con la cultura del sajón, algo que me molesto demasiado, pero permanecí en silencio. Y allí subió ella. Una argentina de unos veinte años que comenzó a cantar Luna Tucumana. Siempre me gustó mucho esa zamba de Yupanqui, mi abuelo me la cantaba de pequeño en nuestras vacaciones en Mar del Plata. Las lágrimas desbordaban mis ojos con cada estrofa que esta dulce maravilla entonaba. Hasta que volvieron a empezar:

-Más cuando salga la luna.

Ole.

-Cantaré, cantaré.

¡¡¡¡Ole!!!!

-A mi Tucumán querido, cantaré, cantaré, cantaré.

¡¡¡¡Ole, ole!!!!

¿Por qué carajo tenían que arruinarla de esa manera? ¡¿No entendían que no era flamenco?! ¡No todo es taconeo y joder! Fue el fósforo que incendio el bosque. Eso me irritó hasta límites intransitables y decidí que debía abandonar esa ciudad. Mi vida en Madrid no tenía nada más para ofrecerme. Así, con la bronca de un oficinista porteño en hora pico, me escapé de ese sitio de mala vida. Próxima estación: Atocha.

Los años suelen dejar sus marcas. Posan sus huellas en nuestros rostros, en nuestras almas, invadiendo un sector que no les pertenece aunque sean amo y señor de la gran mayoría de los elementos establecidos en la tierra. Madrid, a pesar de la cantidad de de vivencias compartidas, me dejaba sin nada. Vacío, como un viejo recipiente de leche en un algún campo austral. Poco equipaje, ropa demasiado sucia y miles de sueños arrojados por la borda. Ilusiones, vivencias, espacios que se derretían en un gran volcán de olvido absoluto. Barcelona, Sevilla o Gijón eran los tres lugares que se me presentaban como una nueva oportunidad ante unos ojos cansados por tanta decepción.

jueves, 12 de agosto de 2010

La hermandad en la era del biochat.

Sopla el pampero de la incertidumbre sobre todo aquel joven entusiasta que se plantea la posibilidad de abrir un blog. Neil Armstrong habló de pasos importantes para el hombre (aunque hay quien jura que los dio en un descampado en el desierto de Utah) y adentrarse en el mundo blogger es, sin duda, uno de ellos. Es comenzar a mostrar ciertas cuestiones de estado personal que bien sirven para determinar el nivel de coeficiente que uno tiene, mejor conocido como el pelotudismo involuntario. Enfrentar a los tiranos de leyes preestablecidas que intentan etiquetar a todo joven viandante que decide recorrer esta nueva ruta. Ser un blogger o un flogger, o parte de alguna de las nuevas miles de subculturas tecnológicas que no tuvieron que pasar por el arduo control de calidad londinense de la década del sesenta para llegar a contar con un reconocimiento considerable, es mucho más que colgar fotitos de un fin de semana en San Bernardo. Es largarse al sin sentido intelectual. Interesante, desafiante, aunque muchas veces el público sea el de revistas de jóvenes estupidizados por las series de la señora Morena pos Jugate Conmigo. Por eso, los miedos existen y uno se ve escapando de ese blog que lo persigue a gritos por una playa desértica mientras de fondo suena “Crash”, el éxito de Los Primitives. Y justamente, llega ese momento en el que se genera el crash y caés en manos de Cumbio and friends.

A diferencia del mambo psicológico que genera la previa, hacerlo es muy fácil. Un par de clicks y bienvenido al fucking world del todos somos re amigos y compartimos nuestras cosas. Al principio seguís con esa pesada carga de aires río platenses, pero con el tiempo vas tomándole el gustito. Y así, medio bailando y medio volando, empezás a motivarte y te convertís en un perfecto adicto, un enfermo con todas las de la ley. Sí señor o señora, que no está leyendo este humilde texto, la tecnología es adictiva, y el blog es parte de ese mundillo. Ciego, perdido, mareado en un océano de cables, wifis y softwares, el cerebro comienza atrofiarse debido al simple hecho de no poder dejar de observar una pantalla que cumple la función de lo que la ventana era para una joven doncella de la edad media, una representación tangible del mundo. Y así, con los ojos sin lágrimas pero mojados por las horas desperdiciadas frente al computador, formás parte del baile. Te sentís el John Travolta de una pista de códigos que en tu puta vida comprenderás. Y una vez dentro, bailás, como el mejor. Te movés, meneás, abrís la puerta de tu historias, tus relatos y todo lo demás también. Un simple espacio para comunicarse porque, señores, por la boca vive el pez. Y cuando no la abre, muere.